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Claudia Salas
Claudia Salas
Diputada federal de Movimiento Ciudadano por Jalisco

Cuando la narrativa borra a las víctimas: el caso Venezuela

7 enero 2026
|
05:00
Actualizada
22:32

Venezuela volvió al centro de la conversación internacional. Y como suele ocurrir, el reflector no apuntó primero a su gente, sino a la geopolítica con términos como soberanía, derecho internacional, petróleo, intereses económicos, equilibrios regionales. Lo que cuestiono no es hablar de ello; lo que me parece peligroso es hablar solo de eso.

Porque cuando el debate se llena de mapas, invasiones, barbas a remojar, tratados y recursos estratégicos, las personas vuelven a desaparecer del escenario. La captura de quien simboliza más de veinticinco años de poder dictatorial no es un hecho menor. Tiene implicaciones políticas, diplomáticas y jurídicas que el mundo no puede ignorar. Tampoco puede ignorar algo más básico: El derecho de un pueblo devastado a sentir alivio, esperanza y una alegría contenida, después de décadas de despojo, miedo y silencio.

Lo que resulta alarmante es la rapidez con la que esa reacción humana fue cuestionada. De inmediato, se activaron los guardianes del relato: Llamados a la prudencia, advertencias sobre soberanía, sermones sobre el orden internacional. Como si la prioridad fuera controlar la emoción antes que reconocer el daño. Como si el mundo estuviera más preocupado por la estabilidad del tablero que por la dignidad de los millones de personas que han pagado el costo.

Hace años, Pepe Mujica lo dijo con una claridad incómoda: “Venezuela se politizó tanto que la desgracia de su pueblo se volvió invisible”. Hoy esa frase no solo sigue vigente; explica el momento actual. Todo se interpreta desde bandos, ideologías y conveniencias, mientras la crisis humanitaria queda relegada a un segundo plano, como si fuera un daño colateral inevitable.

La tragedia venezolana no empezó afuera. No nació de sanciones ni de disputas recientes entre potencias. Se gestó durante años de decisiones internas que desde el chavismo destruyeron instituciones, cancelaron libertades y usaron la escasez como herramienta de control. El resultado es conocido: Sistemas alimentarios y de salud colapsados, inseguridad, millones de personas desplazadas, familias rotas, generaciones enteras creciendo sin certezas.

No nos creamos el cuento: Hablar ciegamente de geopolítica cuando nos referimos a Venezuela no es un análisis sofisticado; es una forma de evasión a la crisis humanitaria y al desastre que tiene que reconstruirse.

A nadie nos son ajenas las historias de las dictaduras. Las conozco por la vida misma. El abuelo de mi hijo huyó de una de las más largas y feroces de nuestra región: La dictadura de Castro. Como tantos cubanos, tuvo que dejarlo todo atrás y cruzar el Caribe con la incertidumbre como equipaje. Llegó a la Florida sin garantías, pero con una convicción intacta de que la libertad vale cualquier riesgo. Poco después en México logró reconstruir su vida y dirigir la facultad de psicología de la Universidad Iberoamericana. Como millones que entendieron que el exilio no es una elección ideológica, sino una decisión de supervivencia. Por eso sé que detrás de cada cifra hay una historia rota, y que ninguna narrativa política puede justificar el dolor que dejan los regímenes que se sostienen anulando a su gente.

Por eso sostengo más que nunca que tenemos que escuchar a la población venezolana. Su sentir, su hartazgo, su cansancio acumulado, su miedo todavía presente. Esa experiencia concreta es la que debe incorporarse al debate. Salirse de ese margen abruptamente es peligroso, porque significa responder únicamente a estímulos que, aunque se presenten como principios universales, están atravesados por intereses económicos y estratégicos muy concretos que andan solos y francamente están fuera de nuestro alcance. Nuestra posibilidad está más en el lado de la reconstrucción, la empatía y la cercanía con quienes podrán tarde o temprano resignificar sus vidas.

Cuando esa escucha no ocurre, se produce una segunda violencia: La revictimización. Y esta no siempre es explícita. Muchas veces es narrativa. Ocurre cuando se diluye la responsabilidad del régimen, cuando se normaliza el exilio como destino inevitable, cuando se habla de Venezuela sin hablar de los venezolanos. Eso no es neutralidad: Es omisión política.

La narrativa mediática internacional ha jugado un papel clave en esta distorsión. Al convertir a Venezuela en un caso de estudio, en un tablero o en un botín de recursos, la gente queda fuera del encuadre. Se discuten escenarios futuros mientras el presente sigue siendo de precariedad. Se analizan impactos globales mientras el daño cotidiano permanece intacto.

El resultado es perverso: La narrativa termina haciendo lo mismo que el autoritarismo, borrar a las víctimas. No negando su sufrimiento, sino diluyéndolo hasta volverlo irrelevante.

Mientras tanto, en Venezuela la alegría de celebrar duró muy poco pues ya nuevamente está la represión. Paró la catarsis de las plazas llenas. Por eso a quienes desde la libertad hablan de los abusos cometidos de manera atroz a su persona y a su Patria, démosles el oído sincero y seamos empáticos con el dolor que ellas y ellos vivieron.

Ojalá que ante la primera señal de cualquier otra señal de abuso el derecho internacional alcance para prevenir el desastre, porque en esta vez 15 países se abstuvieron cuando pudieron hacer algo. Eso sí estaba a su alcance para marcar un nuevo rumbo.

Hoy, el silencio continúa siendo una estrategia de supervivencia. Aun así, hay quienes desde fuera pretenden regularla, juzgarla o minimizarla. Como si después de décadas de abuso, las víctimas también debieran pedir permiso para sentir, expresarse y soñar una nueva vida.

El desafío de este momento no es elegir bando en el tablero internacional. Es algo más exigente: Sostener una mirada que no sacrifique a la gente en nombre de la geopolítica. Reconocer que sin justicia social, sin libertad y sin dignidad, no hay estabilidad que valga.

Mientras el mundo discute intereses, Venezuela sigue ahí, esperando justicia.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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