Desde que arrancó el año he recibido mensajes en redes preguntando por “La Empleada” (The Housemaid), de Paul Feig. Me preguntan si ya la vi, qué pienso de ella, si se la recomiendo a quienes todavía no la han visto. Para describirla he utilizado una palabreja inventada: “telenovethriller”. El término que se me ha ocurrido es una abominación, sí, pero creo que describe muy bien al filme en cuestión. “La Empleada” es un “telenovethriller” divertidísimo, efervescente hasta desbordarse. Puro entretenimiento.
Tomando recursos de la telenovela y del cine de suspenso en sus acepciones más clásicas, Feig suma otro éxito comercial a su excéntrica y variopinta filmografía, que incluye piezas como “Bridesmaids: Damas en guerra” —que sigue siendo su joya de la corona—, “Un pequeño favor”, “Armadas y peligrosas” y “Last Christmas: Otra oportunidad para amar”.
“La Empleada” se erige argumentalmente como un culebrón total: Una chica pobre y con un pasado doloroso llega a trabajar como asistente doméstica en la bellísima casa de un matrimonio rico, hermoso y cincelado; una dupla súper instagrameable, una ‘power couple’ de librito. O, al menos, eso dicen las apariencias. Pronto entrará en modo “drama” con la señora de la casa, el patrón le guiñará un ojo, la hija la despreciará, las vecinas la señalarán. Telenovela pura. En contraste, la mecánica narrativa es la de un thriller: La chica va a descubrir secretos, mentiras, intrigas, seducciones y peligros indecibles tras los muros de la lujosa mansión.
La película funciona en ambos frentes. La parte telenovelera es jocosa, volátil, inconsecuente y magnética. No tiene el valor kitsch de, por ejemplo, la telenovela mexicana, pero aun así se constituye como un culebrón eficiente. A su vez, la parte de suspenso te mantiene al borde de la butaca incluso si todo es un sinsentido. Uno no puede evitar preguntarse: “¿con qué me van a salir ahora?”. Y cuando un nuevo absurdo emerge, uno se siente recompensado. Muy al estilo de “Un pequeño favor”, “La Empleada” es un melodrama chocarrero chic en el que hay peligro, pero es un peligro diseñado: Los riesgos están calculados.
Agregaré también que la dinámica entre los tres protagonistas es de alto impacto, circense en el mejor de los sentidos. Amanda Seyfried, Sydney Sweeney y Brandon Sklenar integran ese reparto “chulo de bonito”, cuidados en exceso para parecer maniquíes, estrellas de portada para una revista high-end. Sin embargo, su trabajo no se queda en lo plástico ni en lo cosmético. Los tres entienden perfectamente el filme que están haciendo y entregan interpretaciones de tono ideal para este relato: Rimbombantes, afectadas, a veces llenas de petulancia histriónica, a veces cargadas de zarabanda melodramática. Y, eso sí, cargadísimas de sensualidad. La película es sexy, física, carnal al modo de Hollywood.
En fin, uno se la pasa bomba viendo “La Empleada”, siempre y cuando entienda la clase de película que está por descubrir. Es más, creo que desde los años noventa —con pelis como “Sliver”, por ejemplo— no se veía un “erotidrama” de suspenso tan entretenido gracias a sus sobrepujados desvaríos de texto, perfectamente contenidos por un trabajo visual hiperestilizado que, eso sí, se va alargando porque se pierde en su propio regodeo. Si cooperas y te montas en el delirio estético y en la irracionalidad narrativa que un “telenovethriller” exige, puedes gozar mucho.