Al paso que vamos, más temprano que tarde el presidente Donald Trump pedirá a México el control de Baja California y Baja California Sur. Y si los mexicanos no se lo permiten, tal vez utilice amenazas de intervención, o intente comprar la península.
¿Para qué querría la administración trumpista el control (o propiedad) de ese territorio mexicano? Simplemente para garantizar control sobre el espacio aéreo y la franja de costa (12 millas náuticas o 22.2 kilómetros), con el argumento de que así evitaría que embarcaciones, o aviones de diferentes tamaños, lleven droga hacia el territorio continental estadounidense. Y claro, para construir enormes desarrollos turísticos y de retiro para los ciudadanos de su país.
Por supuesto que lo que escribo suena a disparate, pero igual sonaba a disparate hace varios meses la pretensión trumpista de hacerse del control de Groenlandia, ya sea mediante la fuerza, o con un pago por 700 mil millones de dólares a los habitantes de esa región autónoma de Dinamarca. Y mire Usted.
El presidente Trump, quien como dirían en mi rancho, “anda desatado”, quiere dejar como legado de su gobierno una expansión territorial de Estados Unidos. Ya puso medio pie dentro de Venezuela, y amenaza con hacerlo de manera completa en Groenlandia. También ha dicho que quiere anexar Canadá.
Si nos atenemos a lo que vemos, entonces no sería tan irreal que un día amanezcamos con la posibilidad de que la península californiana quede plasmada en el mapa de la Unión Americana.
Por supuesto que lo que no veo es la complacencia mexicana, ni de gobierno, ni de sus ciudadanos, por más que algunos de nuestros compatriotas tengan ganas de ver acciones militares estadounidenses en territorio nacional contra narcotraficantes mexicanos.
Por lo pronto la mirada de Donald Trump está enfocada en Europa. Y esperemos que se mantenga hacia ese lado del mundo.