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7 febrero 2026
Ismael Ramírez
Ismael Ramírez
Especialista en Medicina Familiar. Maestro en Farmacología. Dr. en Investigación Psicológica

La función apostólica del médico

7 febrero 2026
|
05:00
Actualizada
22:58

Ha llegado el momento de abordar uno de los más profundos conceptos fundacionales de la medicina familiar/general y que lamentablemente sigue fuera de la educación médica de México: la función apostólica del médico.

El concepto se refiere al tipo de educación que el médico asume con sus pacientes acerca de la salud, la enfermedad y los patrones de conducta deseables (para el médico). Si el médico no tiene el autoconocimiento suficiente le dicta a su paciente la forma de vida que “deberían tener”. Michael Balint estuvo consciente de este peligro, por lo que subrayó necesidad de “la comprensión mutua” con base en el respeto, la confianza mutua y la cooperación (1).

La obligación apostólica de convertir al paciente a nuestras creencias en salud

Eric Sohr nos pone el ejemplo de una anciana de 92 años quien tiene dolor de cabeza crónico y en las consultas está siempre de mal genio. El médico –sin reflexionar– le dice que debería estar agradecida con haber vivido tan larga vida y que debería ver este lado bueno. Durante la misma consulta, Sohr reflexiona y se percata de que su paciente necesita apoyo para aliviar su dolor de cabeza, necesita escucha compasiva y ecuánime, no necesita un regaño. Otro caso que nos ofrece Sohr, es el de un paciente de 70 años que sigue manejando su motocicleta. El médico piensa: “qué barbaridad en qué riesgo está este tonto hombre a su edad”; cuando Sohr le platica el caso a su esposa, ésta le da otro punto de vista: “la conducta de este hombre es un canto a la vida, a su edad sigue haciendo el trabajo que le gusta”. El texto de Sohr (2), nos invita a reflexionar en el sentido de que nuestra filosofía de vida no es trasplantable. En siglo XXI la necesidad de esta reflexión entre las nuevas generaciones médicas es prioritaria y urgente. La fascinación por las nuevas tecnologías de comunicación, la proliferación de falsedades con y sin IA, la soledad, están llevando a una de las mayores crisis sanitarias: la pérdida del sentido de la vida como lo explica el filósofo contemporáneo Byun-Chul Han (3).

Hacer reflexionar sobre conductas saludables; no prescribir formas de vivir

La función apostólica es una actitud –inconsciente– que lleva a prescribir qué se debe soportar y qué no, y qué actitud tener ante la vida. Esta postura se asemeja a la de los ministros religiosos que dictan la vida de sus feligreses según su liturgia. A los médicos nos compete promover la reflexión de las personas para que decidan lo que es mejor en sus contextos y objetivos de vida, incluyendo nuestra responsabilidad con la salud de las comunidades, la humanidad y la Naturaleza como el todo del que somos parte.

Entrenamiento en Grupos Balint

El autoconocimiento necesario para el ejercicio médico puede lograrse en el trabajo dentro de los Grupos Balint, los cuales fueron creados para investigar los procesos que se dan en la relación médico-paciente en la medicina general (4). Este método formativo y de investigación ha pasado la prueba del tiempo. Cuando se participa en estos grupos por al menos dos años, el médico se hace más consciente de su función apostólica; lo que le permite concentrarse en la comprensión de sus pacientes mientras modula mejor su tendencia a hacer juicios de su vida.

La mujer que lloró 45 minutos las tres primeras consultas

Voy a relatar el caso de la “señora T” que tenía 50 años cuando empecé a verla en la primera década de este siglo. Mi paciente tenía una historia de depresión de 5 años; la habían visto cinco psiquiatras dentro y fuera del sistema oficial de salud. Lo inolvidable de este caso es que durante las tres primeras consultas a las que dedicamos 45 minutos, no dejó de llorar de principio a fin. Sus lágrimas fluían en un hilo continuo, no eran gotas, era un hilo continuo de lágrimas. Su tono de voz era bajo, pausado, y expresaba un profundo sufrimiento. Yo percibía una autoestima extremadamente baja, pero no podía entender por qué se sentía de esa manera. Usamos mucho tiempo en comprender cómo había sido tratada por los psiquiatras, sus desencuentros con ellos (una era mujer). Un psiquiatra le pidió que ya no regresara con él: “Usted no se ayuda a sí misma, mire, mejor ya no venga conmigo”. Entendí por qué le diría eso; el sentimiento de impotencia, de auto-denostación de la señora T, eran tan abrumadores que era difícil escucharle sin contagiarse de impotencia. Hasta ese momento, la historia de T, era de sufrimiento porque su esposo le era infiel con más de una mujer. La señora T y su marido tenían una hija de 22 años, la cual le decía a su madre que se fueran a vivir separadas de su papá. La señora T no aceptaba la idea. En la tercera consulta lloró más que en las previas; pero reunió fuerzas y me contó el factor agravante de su caso “doctor, mi esposo es taxista… y yo lo acompaño cuando va a ver a sus amantes, lo espero en el coche y luego ya nos vamos”. Guardé silencio. Ella siguió hablando:

“… No valgo nada doctor, mi hija me dice que no tengo vergüenza, me dice que lo dejemos, que nos vayamos a vivir aparte, que trabajando entre las dos podemos salir adelante… yo no puedo dejarlo doctor… esto no se los había dicho a los psiquiatras. Ellos solo me recetaban medicamentos, casi no hablaba con ellos”.

Por mi mente pasaron muchos pensamientos, pero predominó que ahora yo podía entender la magnitud de su autodevaluación. La idea de “qué haría yo en su lugar” fue descartada rápidamente, eso no tenía ninguna importancia en este momento. Lo que importaba era primero agradecer a la señora T que me confiara su historia de caos. Segundo, emprender la tarea de buscar entender cómo se había generado desde la infancia esta persona que estaba prisionera de una situación que le avergonzaba, pero para la que no tenía energía vital y salir de ella. Seguí escuchando a la señora T cada dos semanas por un año, dejó de llorar y estuvo considerando el plan de su hija. Dejé el sistema de salud y ya no la vi más. Si no hubiera controlado mi función apostólica podría haberle hecho daño a mi paciente. Mi reflexión sobre mis propios problemas y dificultades me previno de dictarle la vida a una mujer que ya sufría un conflicto mayor y del cual me faltaba mucho por aprender.

Años después conocí el concepto de “derrota aprendida” de la cual hay pruebas experimentales y clínicas. Cuando las personas sufrimos una infancia sin esperanza, nos es imposible o casi imposible salir de nuestro cautiverio a pesar de que la puerta está abierta (5).

Conclusión. Hoy la conclusión la hace usted estimado lector.
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Referencias

1. Balint, M. (2000. 2a. Edition, 1963). The doctor his patient and the illness. Edinburgh: Churchill Livingstone.
2. Sohr, E. (1996). The difficult patient. Miami., Florida, EE. UU.: MedMaster.
3. Byun-Chul Han. (2017.). Enciclopedia Herder de Humanidades. Acceso en Enero de 2026, disponible en Herder Editorial: https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/Autor:Han,_Byung-Chul#:~:text=Byung%2DChul%20Han%20es%20un,Universität%20der%20Künste%2C%20en%20Berlin.
4. Balint, M. (1969). The structure of the training-cum-research-seminars. Its implications. for medicine. Journal of Royal College of General Practitioners, 17, 201-211.
5. Van der Kolk., B. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Eleftheria S.L.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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