Aunque las elecciones intermedias se celebrarán hasta junio de 2027, el proceso político ya comenzó. Las reformas, los reacomodos y las declaraciones recientes no son casualidad: son los primeros movimientos en un tablero que empieza a configurarse.
La tan anunciada reforma electoral federal, que en algún momento parecía prioritaria en la agenda legislativa, hoy se ha ido desdibujando entre jaloneos internos dentro de la llamada Cuarta Transformación. Los consensos no han sido sencillos y el impulso político inicial se ha diluido ante la necesidad de mantener equilibrios internos. Eso, en sí mismo, ya es una señal: el bloque gobernante no es monolítico y las decisiones estratégicas pasan por negociaciones cada vez más complejas.
En paralelo, los partidos han comenzado a mover fichas. El caso más ilustrativo se encuentra en San Luis Potosí, donde el Manuel Velasco del Partido Verde destapó a la senadora Ruth González Silva, esposa del gobernador Ricardo Gallardo Cardona, como posible candidata a la gubernatura en 2027. El episodio ha reavivado el debate sobre el nepotismo político, un tema que incluso desde la Presidencia se ha dicho que debería evitarse, pero que en la práctica sigue generando tensiones dentro de la coalición oficialista.
Morena, por su parte, ha comenzado a reorganizar estructuras estatales rumbo a 2027. Más allá de los nombramientos formales, lo que se observa es un desplazamiento paulatino de perfiles asociados al lopezobradorismo hacia cuadros más alineados con la presidenta Claudia Sheinbaum. No se trata de una ruptura abierta, sino de una reconfiguración natural del poder en una nueva etapa del proyecto político.
En lo local, Jalisco no es ajeno a esta dinámica. Las diferencias entre el emecismo y el morenismo se han endurecido. Desde el Congreso local se ha escuchado ya que “la cortesía política se acabó”, frase que sintetiza el nuevo clima legislativo. Esto no es menor: en un contexto donde se requieren mayorías calificadas para aprobar reformas constitucionales —como la reforma judicial o la segunda etapa de los cambios en materia de transparencia—, la tensión política puede convertirse en obstáculo o en moneda de negociación.
La política preelectoral no comienza el día que arranca la campaña; comienza cuando los actores deciden posicionarse, medir fuerzas y marcar distancia. Los reacomodos en el gabinete, las disputas por candidaturas y los discursos más duros no son episodios aislados: son señales de que los juegos rumbo a 2027 ya están en marcha.
La pregunta no es si habrá confrontación. La pregunta es cómo se administrará. Porque cuando la competencia política se adelanta demasiado, la gobernabilidad suele pagar el precio.