En plena euforia del Carnaval de Mazatlán, madres buscadoras irrumpieron el desfile con fotos de sus desaparecidos y un mensaje directo: “visibilizar, no confrontar”

La tarde del domingo 15 de febrero no fue una más en el puerto. En medio de la música, los carros alegóricos y la euforia del Carnaval Internacional de Mazatlán, un contingente de alrededor de 150 madres buscadoras y familiares de personas desaparecidas tomó la ruta del desfile sobre la Avenida del Mar.
No hubo gritos ni bloqueos. Solo mantas con rostros, nombres y una frase que se quedó flotando en el aire: “No quiero molestar, solo visibilizar”.
Minutos antes de que iniciara el recorrido de las alegorías mecánicas, el grupo avanzó de manera pacífica frente a miles de asistentes locales y turistas. El contraste era brutal: lentejuelas y tambora frente a fotografías de hijos, padres y hermanos ausentes.
La música no se detuvo, pero el ambiente sí cambió. A lo largo del malecón, el júbilo dio paso a aplausos. No fue un acto de confrontación, fue una escena que obligó a mirar lo que muchas veces se intenta ignorar.
“No venimos a quitarle la fiesta a nadie, venimos porque aquí hay mucha gente y queremos que vean que nuestras sillas en casa siguen vacías”, expresó una de las madres durante el trayecto.
La protesta ocurre en un momento delicado para Sinaloa. En semanas recientes se reportaron desapariciones de turistas en la zona de Cerritos y el hallazgo de restos humanos en municipios como Concordia.
Para los colectivos, el Carnaval (uno de los escaparates internacionales más importantes del estado) representa una vitrina imposible de desaprovechar. Su exigencia es clara: avances reales en carpetas de investigación que, denuncian, permanecen estancadas.
Tras recorrer un tramo del desfile, el contingente se retiró de manera ordenada. El espectáculo “Arriba la Tambora” continuó con su programación habitual, pero la postal ya era otra.
Entre fuegos artificiales y comparsas, la ausencia también desfiló. Y en una de las ediciones más atípicas del Carnaval, quedó claro que la celebración y la crisis pueden convivir en la misma avenida, aunque el contraste incomode.