La política exterior no es un ejercicio romántico, sino una extensión estratégica de los intereses nacionales. Cuando México decide respaldar a Cuba —ya sea mediante cooperación médica, suministro de combustibles o apoyo diplomático en foros internacionales— la decisión trasciende el plano técnico y entra de lleno en el terreno político e ideológico. La pregunta que surge es inevitable: ¿Puede el Estado mexicano justificar ese apoyo cuando millones de mexicanos permanecen en condiciones de vulnerabilidad? Una de las respuestas está en la membresía de ambos países al Foro de Sao Paulo, en donde la ideología los une.
México enfrenta rezagos históricos en salud, educación, seguridad y desarrollo regional. A pesar de los programas sociales y del aumento en el salario mínimo en años recientes, la pobreza laboral y la precariedad en servicios básicos siguen afectando a amplios sectores de la población. En este contexto, cualquier política de apoyo externo se somete a un escrutinio ético: ¿No debería el enfoque prioritario atender primero las necesidades internas?
La relación con Cuba tiene raíces profundas en la tradición diplomática mexicana. Desde el triunfo de la Revolución Cubana, México fue uno de los pocos países latinoamericanos que mantuvo relaciones diplomáticas ininterrumpidas con la isla. Esa postura se sustentó en principios como la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Durante décadas, esa política permitió a México proyectarse como un actor soberano, capaz de mantener independencia frente a Estados Unidos.
Sin embargo, el contexto internacional ha cambiado. Hoy el respaldo a Cuba no sólo se interpreta como una defensa abstracta de la soberanía, sino como una toma de posición frente a un régimen cuestionado por sus limitaciones democráticas y por la situación de derechos humanos. Cuando el gobierno mexicano refuerza públicamente su apoyo, inevitablemente se abre el debate sobre si se trata de una estrategia pragmática o de una afinidad ideológica.
Además, la dimensión geopolítica no puede ignorarse. Estados Unidos es el principal socio comercial de México y un actor determinante en temas migratorios, de seguridad y energéticos. Cualquier señal que se perciba como confrontación simbólica puede generar tensiones innecesarias. No se trata de subordinar la política exterior a Washington, pero sí de calcular costos y beneficios en una relación asimétrica donde la estabilidad económica mexicana depende en gran medida del vínculo bilateral.
Entonces, ¿cuál es el afán de mantener esta ayuda? Para algunos, representa una apuesta por el liderazgo regional y la solidaridad latinoamericana, una forma de reafirmar la autonomía frente a la política estadounidense hacia Cuba. Para otros, es una narrativa política que busca consolidar una identidad ideológica en el escenario internacional.
El verdadero riesgo no está en apoyar a otro país, sino en perder el enfoque estratégico. La solidaridad internacional es legítima cuando no compite con las obligaciones internas. La política exterior eficaz es aquella que suma prestigio, influencia y beneficios concretos para la población propia. Si el apoyo a Cuba no se traduce en ventajas diplomáticas, comerciales o de cooperación que beneficien directamente a México, la crítica ciudadana será inevitable, pues más de 38 millones de mexicanos aún viven en pobreza y casi 44 millones carecen de acceso a servicios de salud dignos. En este caso aplica la frase de la conseja popular, “candil de la calle y obscuridad en la casa”.
En última instancia, la pregunta no es si México debe o no tender la mano a Cuba, sino si puede hacerlo sin descuidar a los mexicanos más vulnerables y sin comprometer su equilibrio geopolítico. La coherencia entre discurso, prioridades internas y estrategia internacional será la medida real de responsabilidad política.
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