Un niño que aprende hoy a tener empatía, a respetar las diferencias entre él y sus compañeros, será un adulto que no humillará a los demás.
En otras ocasiones hemos tocado el tema de la empatía y el respeto a los derechos humanos.
Esta es una tarea que debe empezar en casa y complementarse en la escuela.
Sumando esfuerzos, la familia y los centros escolares lograremos formar el carácter y hacer que los niños de hoy sepan respetar a los demás, porque es algo que desde niños aprendieron y vivieron en casa, y continuaron reforzando en su centro educativo.
Todos somos diferentes, somos únicos e irrepetibles, por muchas características físicas, comportamiento, costumbres, gustos, creencias, ambientes sociales, etcétera. ¿Qué nos hace ser diferentes, unos de otros?
Por lo mismo debería ser mucho más sencillo aceptar las diferencias, porque lo único que nos pone en igualdad de circunstancias, es el respeto a los derechos humanos.
Como dijo Antonio Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), “si no priorizamos lo que nos une como humanidad, corremos el riesgo de perder lo que nos hace fuertes”. Enero de 2026.
Esta frase resume algo tan importante que debería hacernos cambiar de rumbo y desde casa, y complementando por supuesto en la escuela, a través de la educación debemos fomentar y vivir los valores humanos: la ética, el respeto, la empatía que nos llevará por un camino de reconstrucción del tejido social, donde pudiéramos erradicar situaciones que parecen ser el pan nuestro de cada día. En cuanto a la violencia, hago referencia al bullying, el acoso, el maltrato y la desigualdad.
De poco sirve recordar fechas significativas, realizar eventos, iluminar de colores edificios públicos, repetir discursos que suenan bonito, pero que carecen de acciones concretas y contundentes que nos permitan dar cuenta de que vamos avanzando para tener una sociedad más justa, digna y equitativa.
No voy a ahondar relatando hechos que suenan todos los días en las noticias, en pláticas cotidianas, que dan cuenta de hechos violentos, de bullying escolar, de acoso laboral, de faltas de respeto y maltrato, en recintos legislativos, etcétera. Los comentarios se repiten una y otra, y otra vez, pareciendo no tener fin y acabamos normalizando, lo que nunca debió ser, ni será aceptable.
En ocasiones pienso: ¿No me estaré pasando de idealista? ¿Estaré romantizando la idea de reconstruir una sociedad más justa y equitativa?
Cuando mi ánimo se cae, tomo aire, me levanto, me sacudo el polvo, recupero fuerzas y el entusiasmo de seguir trabajando por una sociedad donde se respeten los derechos fundamentales, no sólo de las personas con discapacidad, sino de todos quienes conformamos esta sociedad. La dignidad, el respeto y la equidad son valores por los cuales seguiré levantando la voz, sin decaer hasta que seamos muchos más los que queramos formar una sociedad verdaderamente incluyente.
Demos testimonio con hechos y no con palabras, hasta que la inclusión sea una realidad.