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20 febrero 2026
Claudia Salas
Claudia Salas
Diputada federal de Movimiento Ciudadano por Jalisco

40 horas: una deuda histórica con las mujeres

20 febrero 2026
|
05:00
Actualizada
21:08

Josefina vive en Tesistán y se levanta a las 5:00 de la mañana. Prepara desayunos, deja uniformes listos, organiza mochilas. Sale corriendo a su trabajo, que está en la zona industrial, donde cumple una jornada de ocho o nueve horas por seis días a la semana. Regresa a casa tarde y empieza su “segunda jornada” en la que cocina la cena, limpia, revisa tareas, atiende pendientes emocionales y domésticos que no han sido resueltos por el whatsapp durante el día. Cuando por fin se sienta, el reloj marca las 11:00 de la noche. Saquemos la cuenta. Josefina trabaja más de 12 horas al día, pero solo le pagan por ocho.

En México, las mujeres dedican en promedio más de 30 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, casi el triple que los hombres. Si además tienen un empleo formal, la carga total puede superar fácilmente las 60 o 70 horas a la semana. Esta es la realidad que muchas veces se invisibiliza cuando se discute la reducción de la jornada laboral a 40 horas. No es solo una reforma laboral: es una medida de justicia social y de género.

Hablar de 40 horas es hablar de tiempo. Y el tiempo es poder. Hoy, millones de mujeres como Josefina, viven atrapadas en dobles y hasta triples jornadas, sin sábados ni domingos; trabajan en el mercado laboral, sostienen sus hogares y asumen casi en exclusiva el cuidado de niñas, niños, personas mayores o enfermas. Lo hacen, además, en condiciones más precarias: menores ingresos, mayor informalidad, brecha salarial persistente y mayor exposición a violaciones de derechos laborales.

Las mujeres ganan menos por el mismo trabajo y tienen trayectorias laborales más interrumpidas por maternidad y cuidados de sus familias u otras, que ni tendrían que corresponder. Muchas deben recorrer trayectos más largos porque buscan empleos que puedan compatibilizar con horarios escolares o redes de apoyo. Otras destinan parte importante de su ingreso a pagar a alguien que cuide a sus hijas e hijos mientras trabajan. La desigualdad no empieza en la oficina; empieza en casa.

Reducir la jornada laboral a 40 horas, quizá no resolverá por sí sola la desigualdad estructural, pero sí envía un mensaje claro: el trabajo no puede seguir organizándose sobre la explotación silenciosa del tiempo de las mujeres. Más tiempo disponible significa más posibilidades de descanso, de autocuidado, de convivencia familiar y de participación comunitaria. Significa también abrir la puerta a una redistribución más justa de las tareas de cuidado entre hombres y mujeres.

Cuando se oponen a la reforma argumentando productividad, olvidan que si hay un grupo productivo en este mundo, es el de las mujeres. No hay economía posible sin el trabajo de cuidados que sostiene la vida.

Ese trabajo que no aparece en las nóminas ni en las estadísticas del PIB, aunque al momento de revisar el impacto, hace que todo funcione en el día a día.

Las 40 horas son una discusión laboral, sí. Por eso tenemos que llevarlo a la discusión feminista, porque detrás de cada hora extra no pagada, detrás de cada jornada interminable, hay una mujer que sostiene el país con su tiempo y su cuerpo.

Es momento de reconocerlo, y de legislar en consecuencia.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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