La captura de “El Mencho” el pasado domingo, no solo sacudió la estructura del crimen organizado en Jalisco; sacudió el tablero emocional de una nación que volvió a contener el aliento ante la incertidumbre.
Sin embargo, la historia nos ha enseñado con dureza que descabezar una organización es un triunfo táctico, pero no una solución sistémica. Mientras el Estado cumple con su labor de aplicar la ley, la sociedad debe enfrentar la estadística que realmente nos debería desvelar: según datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) y diversos observatorios de seguridad, se estima que entre 30 mil y 35 mil menores de edad y jóvenes son reclutados anualmente por las filas de la delincuencia.
El miedo que se sintió en las calles no se cura solo con operativos, sino con una transición urgente de la reacción policial a raíz del conflicto. Para lograrlo, es imperativo transitar hacia una estrategia de reconstrucción que vaya más allá del despliegue de fuerza.
La experiencia internacional en sociedades que han sobrevivido a violencias crónicas, desde la transformación urbana y social en la médula de Medellín hasta los procesos de paz en Centroamérica, demuestra que el éxito radica en crear proyectos de vida donde hoy sólo hay vacío. No basta con programas asistenciales y becas; se requieren centros de innovación y espacios de identidad comunitaria que ofrezcan a nuestros jóvenes una narrativa distinta a la de la violencia.
La paz comienza cuando este “sueño mexicano” deja de ser una ilusión lejana para convertirse en una opción real de empleo, dignidad y pertenencia. Esta reconstrucción exige también que acortemos las distancias que, como sociedad, hemos permitido.
Necesitamos familias que escuchen y escuelas que funcionen como refugios de esperanza.
El pacto por el futuro de México no es un concepto abstracto, es una acción diaria que implica asegurar que cada niño o niña tenga un espacio seguro para jugar, pensar y desarrollar sus talentos. Así como una educación que compita con el atractivo del dinero fácil.
Otros países lo han logrado mediante la unidad y la inversión en su capital humano; nosotros no debemos ser la excepción.
La captura del domingo debe ser el catalizador para dejar de ser espectadores y convertirnos en arquitectos de una convivencia. Es posible reconstruir nuestro tejido social si actuamos juntas y juntos, desde ya, por un México en paz.