En México, la realidad se impone todos los días con crudeza. Mientras millones de familias viven con miedo, mientras la inseguridad se vuelve parte de la rutina y la incertidumbre económica aprieta cada vez más el bolsillo, la presidenta Claudia Sheinbaum parece estar enfocada en otra prioridad: su proyecto político.
No es menor lo que está ocurriendo. Estamos frente a uno de los peores momentos en materia de seguridad, con regiones enteras bajo el acecho del crimen; en salud, con un sistema que no logra garantizar atención digna; y en economía, con señales claras de incertidumbre que afectan la inversión y el empleo, pero para Morena, lo urgente no es resolver estos problemas, sino poner a prueba a sus propios aliados con una reforma que tiene un claro sello unipartidista.
Lo más preocupante es el precedente, es la primera vez que el gobierno en turno pretende definir las reglas del juego a su conveniencia. Ya no se trata de competir, se trata de acomodar el tablero y por si fuera poco, el discurso oficial insiste en que, si algo falla, siempre habrá un “Plan B”. Eso no es más que una confesión anticipada de que no están dispuestos a respetar los contrapesos ni la voluntad democrática.
Pero aquí va la pregunta que millones de mexicanos se hacen: ¿Por qué no hay un Plan B para lo verdaderamente importante? ¿Qué tal un Plan B para combatir la corrupción que sigue lastimando al país? ¿Un Plan B para pacificar a México, para devolverle la tranquilidad a las familias? ¿Un Plan B para dejar de tirar el dinero de los mexicanos en proyectos que no han dado resultados como el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles o el Tren Maya? La respuesta es clara, no lo hay. Porque la prioridad no es la gente, es el poder.
Lo grave de fondo es que Morena, una vez más, demuestra que México le importa menos que su permanencia política. Han construido una estructura que opera como partido desde el gobierno, con prácticamente poder absoluto. Un árbitro electoral debilitado, como el Instituto Nacional Electoral, sometido a presiones; instituciones erosionadas; y una visión de la democracia que parece reducirse a una tómbola donde ellos siempre quieren tener los boletos ganadores.
Y entonces, hay que decirlo con toda claridad: esta reforma no mejora tu vida. ¿Tu familia va a vivir mejor con esto? No. ¿Vas a estar más seguro? No. ¿La economía del país va a fortalecerse? No.
La prioridad no debe ser el poder, sino las personas. Hay que defender a la familia, a la patria y a las libertades que tanto trabajo ha costado construir.
Porque México no necesita ocurrencias ni simulaciones, México necesita rumbo, necesita soluciones reales y sí, necesita un Plan A, un Plan B y hasta un Plan Z, pero no para ganar elecciones, sino para garantizar tu seguridad, proteger tus libertades y cuidar tu patrimonio.
Esa es la diferencia y también, el reto que tenemos por delante.