A sus 87 años de edad, doña Lourdes Sánchez y Ordóñez, nuestra madre, se fue.
Lo hizo el día que se celebra la llegada de la primavera. Se durmió y seguramente despertó rodeada de las jacarandas que tanto le gustaban.
Nació el 18 de enero de 1939 en la calle Nuevo León #28, en la colonia Hipódromo de la Ciudad de México, aunque el destino la convirtió en tapatía apenas uno o dos años después, cuando la familia de don Carlos y doña Elisa cambió su residencia a Guadalajara.
Tuvo, decía ella, una infancia feliz. Terminada la secundaria hizo estudios de decoración, oficio que siempre combinó con la confección de ropa.
Alguna vez pensó en ser monja y trabajar con niños. Al final decidió mantener esa vocación de servicio, pero en un ámbito diferente: la familia y la política.
Enamorada del doctor Manuel Baeza González, se casó el 24 de marzo de 1962 para formar una familia de seis hijos (María de la Luz, Manuel, Ana Gabriela, Pablo, Luis Fernando, y Santiago), 19 nietos, y cinco bisnietos hasta el momento.
De sus 64 años de matrimonio, dos los vivió en Canadá (London, Ontario), y casi seis en Dallas, Texas, para acompañar a su esposo en sus estudios de especialización en medicina.
Criar a sus seis hijos debió haber sido su licenciatura, maestría y doctorado en paciencia. Firme y cariñosa a la vez, tuvo claro todo el tiempo que la generosidad era su bandera. Cualquiera que necesitara ayuda se acercaba a ella, y doña Lourdes siempre encontraba algo que ofrecer, aunque fuera un solo consejo positivo.
Si de niña no era muy activa, como ella lo confesaba, tuvo muchísimos años para compensar. Además de educar a sus hijos y cuidar su casa, encontraba tiempo para trabajar en la tienda de decoración de su padre, y años después, para montar un taller de vestidos y trajes infantiles con bordados en smock, donde sus hijos sirvieron de modelos (hombres y mujeres por igual), para probarse vestidos y trajecitos. Total, tenia en su casa maniquíes humanos de todas las edades.
La política partidista también fue su pasión.
Panista de toda la vida, veía en el activismo la fórmula para engrandecer a México. Si de lunes a viernes trabajaba y era ama de casa, por las noches y fines de semana se ponía la playera blanquiazul para complementar su vocación.
Fue regidora con el entonces alcalde Francisco Ramírez Acuña, y al final de su vida, la coordinadora estatal de Acción en Plenitud, los “viejitos” panistas. Pero no todo fue tener cargos por, y en el partido. También pintó bardas a escondidas en los años 70, repartió propaganda públicamente en los 80, y se aventuró a “intervenir” las bardas de candidatos del PRI en las épocas del partidazo tricolor.
Doña Lourdes no concebía que alguien no estuviera activo políticamente, y por eso tenía como apostolado predicar la palabra panista con quien fuera y a la hora que fuera.
Su cuerpo se agotó mucho antes que su espíritu.Horas antes de su sueño eterno todavía daba instrucciones a sus hijos sobre proyectos por hacer, y seguía pensando en cómo ayudar a tantos otros de su familia, conocidos, y uno que otro no tanto.
Partió y hoy su casa se siente vacía. En nuestros corazones, sin embargo, está más que presente.