La restauración y entrega del Parque Revolución después de 11 meses de trabajos es un logro para los tapatíos.
En una ciudad como Guadalajara, con sus 484 años cumplidos y los retos que se acumulan por diferentes fenómenos, debiera ser obligatorio y permanente mantener en las mejores condiciones nuestros espacios públicos, que siempre serán escasos, porque su existencia se combina con el crecimiento poblacional de la ciudad y la creciente demanda de servicios.
Es importante considerar que el Parque Revolución, o Parque Rojo, como le dicen muchas personas, es un patrimonio de todos. Puede parecer obviedad, pero cuando damos las cosas por hecho, perdemos de vista su valor intrínseco.
En la renovación del parque, primero, se hizo el esfuerzo por recuperar con la mayor fidelidad el proyecto original de Luis Barragán, quien junto con su hermano lo diseñó hasta su apertura en 1935. Esto es fundamental, porque lo que se ha admirado siempre en otras ciudades con identidad propia, es la conservación de sus edificios, sus plazas y sus espacios emblemáticos.
Por eso es importante destacar en el Parque Revolución que, además de su utilidad cotidiana y su condición como punto neurálgico en el cruce de dos ejes viales (las avenidas Federalismo y Vallarta) y su efervescencia humana como punto de llegada y salida de transporte masivo, es también un monumento arquitectónico y un sitio de identidad.
En menos de una década, ese parque será centenario. Habrá cumplido un siglo y se unirá a los tesoros de una Guadalajara que pronto, también, celebrará sus primeros 500 años de existencia. Ese solo hecho ya implica responsabilidades especiales para quienes son autoridades y para quienes, por su conocimiento y conciencia, contribuyen a mantener la esencia de la ciudad.
Todo lo anterior es importante al retomar una de las discusiones que marcaron los trabajos de renovación del parque: las protestas de los comerciantes ambulantes.
La administración de la presidenta municipal Verónica Delgadillo, igual que les ha pasado a todos los alcaldes en el pasado, enfrenta una constante batalla política e ideológica. Y parte de esto es la argumentación que se ha presentado en algunos sectores sociales sobre el desplazamiento de quienes utilizaron el parque como un espacio de vendimia y fuente de sustento.
En los domicilios particulares de los tapatíos, se distingue perfectamente la sala del sanitario, o el comedor del dormitorio. En las ciudades pasa algo similar. Las plazas, los parques, los edificios religiosos o civiles, deben conservar ese carácter a pesar de que haya necesidades específicas o coyunturales.
La administración actual requiere el apoyo y respaldo ciudadano para que el Parque Revolución se mantenga como espacio común y público, sin actividades de vendimia, y aún más, debe garantizarse y presupuestarse que éste y todos los espacios similares, cuenten con presupuesto y proyectos de mantenimiento constante.
Bienvenido el rescate del Parque Revolución.