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10 abril 2026
Claudia Salas
Claudia Salas
Diputada federal de Movimiento Ciudadano por Jalisco

El Golfo viscoso

10 abril 2026
|
05:00
Actualizada
21:56

La contingencia ambiental que hoy asfixia al Golfo de México no puede reducirse a un accidente menor. Es, en realidad, la crónica de una advertencia ignorada mientras ya era mediática; una falla estructural tolerada y una parálisis institucional que deja a Veracruz, Tamaulipas y Tabasco, con una herida cuya limpieza tomará años.

Este ecocidio no es un evento aislado, sino que se suma a una lista de deudas ambientales que crecen sin freno. Se añade a la devastación de la selva y la contaminación de acuíferos provocada por el Tren Maya, al impacto irreversible en los ecosistemas marinos por las obras de la refinería de Dos Bocas y a la omisión sistemática ante la contaminación industrial de ríos. Estamos ante un patrón de desarrollo que sacrifica el patrimonio natural en nombre de una narrativa de progreso que no llega a quienes más lo necesitan.

El daño en el Golfo es expansivo. Abastece aproximadamente el 60% de la producción pesquera nacional, lo que significa que el desastre no se detiene en la orilla: se infiltra en la columna vertebral de la economía. Hoy, esa cadena de valor está rota. Entre la falta de claridad sobre la inocuidad de los productos y la incertidumbre de los comercializadores, el mar ha dejado de ser una garantía para convertirse en un riesgo.

En territorio, el golpe ha sido devastador y directo. Cooperativas enteras están paralizadas y embarcaciones encalladas. Miles de hombres y mujeres que dependen de la pesca se enfrentan a un dilema cruel: quedarse en tierra o salir para retornar a puerto con redes contaminadas, motores averiados y productos invendibles. No estamos ante una “pausa operativa” como pretenden hacernos creer; estamos ante una pérdida masiva de empleos y la evaporación del ingreso diario para miles de familias.

La sombra de una veda prolongada de hasta dos años se proyecta ya como una realidad inevitable. El impacto ya se siente en las mesas del resto del país: la escasez de producto eleva los precios y castiga el bolsillo del consumidor final.

Lo más grave es la previsibilidad del desastre. Se optó por la inacción y la minimización hasta que la mancha negra alcanzó la arena. Hoy, el discurso oficial insiste en que las playas son utilizables y que la situación está bajo control. Pero el mar no se limpia con retórica, ni la economía se sostiene con boletines de prensa.

La ausencia de responsables visibles y la nula rendición de cuentas son el sello de esta tragedia. Esa opacidad es lo que alimenta la indignación social. Porque no es solo el petróleo degradando el ecosistema. Es el abandono sistemático de la costa, es la desatención al desempleo y es la fragilidad de una seguridad alimentaria que ya acusa el impacto.

Hace apenas unos días, el desastre entró físicamente a la Cámara de Diputados donde llevaron una cubeta con el chapopote que está asfixiando las costas de Veracruz. Quienes estuvimos ahí lo tocamos, y seguimos sin podernos quitar de los dedos la viscosidad de la tragedia; una mancha que no solo ensucia las manos, sino la conciencia de quienes deciden ignorarla.

Somos, una vez más, un país pagando las facturas de un gobierno que decidió, simplemente, no llegar a tiempo.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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