En México hay un delito que opera a plena luz del día, sin necesidad de esconderse, sin persecuciones espectaculares ni discursos encendidos desde el poder: las máquinas tragamonedas ilegales. Están en la esquina, en la tiendita, en locales de los centros históricos y, sobre todo, en colonias periféricas donde el abandono institucional es terreno fértil para cualquier negocio ilícito. Todos saben dónde están. Nadie hace nada.
Desde 2024, apenas dos mil “maquinitas” han sido decomisadas en el país, según la Secretaría de Gobernación. La cifra suena contundente hasta que se entiende la realidad: es apenas una raspadura superficial a un negocio multimillonario que sigue creciendo. Porque por cada máquina retirada, hay varias más conectadas, encendidas y generando entre tres mil y cinco mil pesos mensuales. Dinero constante, en efectivo y sin impuestos. Dinero, también, para los cárteles.
Los mismos grupos criminales que trafican droga y controlan territorios han encontrado en estas máquinas una fuente estable de ingresos. Sin riesgo, sin ruido, sin titulares… salvo cuando conviene simular operativos.
Pero aquí no hay vacío de poder. Hay algo peor: tolerancia y corrupción.
La Secretaría de Gobernación, encargada de regular los juegos y sorteos, parece haber optado por la cómoda omisión. Un marco legal ambiguo, desactualizado y lleno de grietas permite que estas máquinas se disfracen de “juegos de destreza”, mientras operan como lo que son: apuestas ilegales.
Y luego están los ayuntamientos. Cobardes en el mejor de los casos; cómplices en el peor. Sus áreas de Padrón y Licencias, junto con inspectores que patrullan más el escritorio que las calles, han perfeccionado el arte de no ver. Fingen ceguera, mientras las maquinitas se multiplican. Fingen desconocimiento, mientras el dinero circula. Fingen legalidad, mientras el delito se normaliza.
El costo no es abstracto. Lo pagan, sobre todo, los niños.
Porque estas máquinas no están en casinos exclusivos ni en zonas restringidas. Están al alcance de menores de edad que, sin ningún control, comienzan a jugar, a perder, a engancharse. La ludopatía infantil deja de ser una advertencia y se convierte en una realidad silenciosa que crece sin freno. ¿Quién responde por eso?
Nadie.
Ni Gobernación, que regula sin regular. Ni los municipios, que inspeccionan sin inspeccionar. Ni los funcionarios que, entre la negligencia y la corrupción, permiten que el crimen organice su propia red de “entretenimiento”.
El problema no es que no sepan. Es que no quieren saber.
Mientras tanto, las maquinitas siguen ahí: parpadeando, sonando, cobrando. Como un recordatorio constante de que en México hay negocios ilegales que no necesitan esconderse… porque cuentan con el permiso tácito de la autoridad.
Y ese es el verdadero jackpot.