La reparación integral del daño empieza mucho antes de un expediente o una sentencia. Está en la mirada de quien perdió la tranquilidad, en la sonrisa que ya no vuelve a ser igual, en el silencio que ocupa una casa donde antes había vida. Cuando hablamos de reparación, no hablamos de trámites, hablamos de devolver, en la medida de lo posible, dignidad, esperanza y las condiciones para seguir adelante.
La justicia ya no puede limitarse solo a castigar. Hace años se estableció que el Estado debe hacer cuatro cosas básicas: prevenir lo que causa daño, investigar lo ocurrido, sancionar a quienes son responsables y reparar a las víctimas. Eso suena formal, pero en la práctica significa acompañar a una madre que busca respuestas, ofrecer atención médica y apoyo psicológico, reconocer públicamente lo que pasó y asegurar que no vuelva a ocurrir.
La reforma de 2011 puso a las personas en el centro de la ley. Desde entonces tuvimos avances, nuevas instituciones, recomendaciones y mecanismos para apoyar a las víctimas. Pero la realidad que viven muchas familias es otra; procesos largos, trámites que reabren heridas y la sensación de que la ayuda llega tarde. Eso no puede seguir pasando.
Para que la reparación deje de ser una promesa y sea una verdad cotidiana, necesitamos acciones concretas y humanas:
Reparar es también reconocer con palabras y actos. Una disculpa pública, el nombrar lo ocurrido, medidas de no repetición y atención integral, son formas de devolver algo de lo que se perdió. Cuando el Estado asume su responsabilidad y la sociedad acompaña, se restituye confianza y se transforma el dolor en cambios reales.
Hacer que la reparación funcione es una decisión de todas y de todos, autoridades, instituciones y sociedad. Acompañemos a quienes sufren, exijamos respuestas y construyamos un sistema de justicia que realmente cuide a las personas.