La tecnología ya no solo rodea nuestras vidas; está por entrar en nuestra esfera más íntima: la mente y el pensamiento. Avances de Neuralink y las interfaces cerebro-computadora prometen maravillas médicas, pero también abren una puerta sin llave a nuestra privacidad mental. El progreso tecnológico actual permite el registro directo y el procesamiento digital de las características del sistema nervioso, superando velozmente los marcos legales vigentes.
Como parte del grupo de trabajo sobre Neuroderechos de la Red Iberoamericana de Protección de Datos (RIPD), he participado en un diálogo enriquecedor sobre la urgencia de establecer un marco normativo que proteja la identidad personal y el libre albedrío. Los neurodatos, definidos como la información sensible obtenida de la actividad cerebral y el sistema nervioso, son tan únicos como una huella dactilar. El riesgo reside en que su uso ha trascendido el ámbito médico para expandirse a sectores como la educación, el empleo y el marketing.
Si no actuamos, nuestros pensamientos y estados emocionales se convertirán en activos monetizables. Ya se vislumbra el uso de neurotecnologías para el neuromarketing agresivo o la vigilancia laboral, midiendo niveles de fatiga o concentración para calificar el desempeño. Esta intrusión crea un vacío de protección alarmante en el ámbito no sanitario, entre otros temas que hoy ni vislumbramos.
Además, enfrentamos el peligro de la neurodiscriminación: el uso de perfiles cerebrales para categorizar o excluir a personas en procesos de contratación o acceso a servicios. Ante esto, el consentimiento tradicional resulta insuficiente; en entornos de desequilibrio de poder, como el laboral o educativo, el interesado puede sentirse presionado a ceder sus datos más íntimos.
En la Red Iberoamericana, esperemos se pueda llegar a consensos técnicos y aprobarse un documento en mayo de este año, para orientar a los legisladores de nuestra región hacia medidas proactivas y también a prohibiciones de algunos neurotratamientos que busquen manipular subliminalmente, o aquella que quiera usar estas neurotecnologías en menores de edad, sin que prueben su seguridad científicamente, además de que se garantice la transparencia algorítmica para los sistemas de IA que procesen neurodatos y que éstos expliquen sus inferencias, similar a lo que ya sucede en Europa.
Legislar sobre neuroderechos hoy no es una opción, es un imperativo ético para evitar un futuro distópico. Debemos garantizar que el desarrollo científico esté siempre al servicio de la persona, colocando la dignidad y la privacidad en el centro de la innovación. La última frontera de la libertad —nuestro pensamiento— no debe ser vulnerada.