El asesinato en Teotihuacán de una turista canadiense a manos de un presunto desequilibrado mental, me hace preguntar si hay alguna autoridad que realmente vigile los chats en sitios donde se proclama el odio y se justifica la violencia.
Los tapatíos tenemos la mala experiencia de un joven que asesinó a tres mujeres en 2024, una de ellas en un motel, y otras dos en un centro universitario. En la Ciudad de México existe al menos un caso documentado de un muchacho que, con las mismas características del caso de Guadalajara, fue y atacó a estudiantes de su preparatoria con saldo de un joven muerto.
El caso de Teotihuacán sigue bajo investigación, pero me atrevo a vaticinar que se descubrirá algo que tengan en común los tres asesinos: su participación activa en grupos de odio y violencia en redes sociales.
La noticia de que haya desequilibrados cometiendo asesinatos tan desconcertantes se pierde entre el mar de crímenes que sacuden todos los días al país. Pero esa sinrazón nos debe obligar a revisar si los grupos de policías cibernéticas están siguiendo con rigor y seriedad lo que se discute en grupos donde se glorifica la violencia.
Necesitamos que haya policías y psicólogos con la mira puesta en lo que se dice en grupos especializados en redes. No pienso en un Gran Hermano que quiera censurar todo, pero sí en un equipo experto en detectar las llamadas banderas rojas, y evitar posibles crímenes. Necesitamos personas que puedan investigar, incluso presencialmente, a quienes manifiesten su intención (real o falsa) de salir a asesinar a alguien, y frustrar una tragedia.
El Estado tiene la capacidad técnica y económica para ello. Tal vez ya estén trabajando en ello, pero por lo que hemos visto, no se ha evitado la muerte de inocentes.
Hay que preocuparnos por la salud mental de los mexicanos, pero también debemos estar muy atentos a los focos rojos.