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27 abril 2026
Héctor Ruiz López
Héctor Ruiz López
Profesor Investigador de la UdeG y analista Doctor en Estado de Derecho y Gobernanza Global, Maestro en Política y Gestión Pública, y en Derecho Constitucional.

¿Guadalajara insegura?

27 abril 2026
|
05:00
Actualizada
13:52

El pasado 24 de abril, el INEGI publicó los resultados de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) correspondiente al primer trimestre de 2026. La encuesta, que se aplica trimestralmente en 91 áreas urbanas del país, arrojó una cifra que debería sacudir a cualquier jalisciense: el 90.2% de los habitantes de Guadalajara se sienten inseguros en su ciudad. Nueve de cada diez. No es un dato menor. Es un grito estadístico.

La gran sorpresa no es solo la cifra, sino la velocidad de la caída. En marzo de 2025, Guadalajara ocupaba el lugar 20 con un 78.8%; en diciembre, el puesto 18 con 79.2%. Hoy se ubica en el segundo lugar nacional, solo detrás de Irapuato (92.1%) y por encima de Ecatepec, Culiacán, Uruapan y Reynosa. Brincar 18 posiciones en el ranking de inseguridad percibida en un año no es una tendencia: es un desplome.

Explicaciones, hipótesis y pretextos los habrá de sobra. Pero hay un dato que ningún análisis serio puede soslayar: las entrevistas de la ENSU se levantaron durante la primera quincena de marzo, cuando el trauma del 22-F seguía vivo en la memoria colectiva de los tapatíos. Esto no invalida los resultados —la percepción es un dato legítimo y medible—, pero obliga a leerlos en contexto: la ENSU capturó el pulso de una ciudad en estado de shock. Y máxime si la gente percibió un abandono de las autoridades durante los hechos.

Y aquí es donde el análisis se pone interesante. Mientras García Harfuch celebraba en redes sociales que la percepción de inseguridad nacional había descendido al nivel más bajo del sexenio (61.5%), cuatro municipios de Jalisco se desangraban estadísticamente. El promedio nacional baja; Guadalajara se dispara. ¿Cómo explicar esa disonancia?

La respuesta está en las propias variables de la ENSU, que no solo mide sensación de inseguridad, sino también confianza y percepción del desempeño de las autoridades. Y ahí las cifras de Guadalajara son devastadoras. Apenas el 43% de los tapatíos considera efectivo el desempeño de la policía municipal y solo el 44.2% confía en ella. Compárese con la Marina (87.2% desempeño, 87% confianza), el Ejército (84.7% y 83.5%), la Guardia Nacional (75.4% y 73.7%) o incluso la Policía Estatal (54% y 49.5%). La brecha entre la corporación más cercana al ciudadano y las fuerzas federales no es una grieta: es un abismo.

Y esa percepción no es un dato abstracto. Se traduce en conductas que erosionan la vida cotidiana: el 63.9% dejó de llevar cosas de valor por temor al robo, el 56.9% ya no permite que los menores salgan solos y el 52.7% dejó de caminar por las noches en los alrededores de su vivienda. Una ciudad que renuncia a la calle pierde mucho más que movilidad: pierde convivencia, comercio barrial, apropiación del espacio público. La inseguridad, real o percibida, termina privatizando la vida social. Ese es el verdadero costo del miedo.

Los tapatíos lo confirman con su jerarquía de problemas: la delincuencia ocupa el segundo lugar (79.2%), solo detrás de los baches (98.7%), y por encima incluso de las fallas en el suministro de agua potable (51.1%), a pesar de que el SIAPA lleva meses en el ojo del huracán. La inseguridad ha logrado lo que parecía imposible: opacar hasta la crisis del agua y del incremento en las tarifas del transporte público.

El 22-F amplificó una tendencia que venía creciendo —ya en septiembre de 2025 siete de cada diez tapatíos se sentían inseguros—, pero no la creó de la nada. Lo que hizo fue desnudar la fragilidad institucional: cuando la estructura criminal reacciona con violencia, las corporaciones locales no tienen capacidad de contención, y eso el ciudadano lo percibe, lo registra y lo reporta. El reto para las autoridades no es solo reducir delitos —que según las cifras federales van a la baja—. Es reconstruir la confianza ciudadana. Y eso no se logra con comunicados de prensa ni con publicaciones triunfalistas en redes sociales. Se logra en la calle, en la colonia, en el transporte público. En los espacios donde el miedo ya se instaló.

La ENSU no sentencia a Guadalajara, pero sí le pone un espejo incómodo. Y el reflejo no es agradable. Nos muestra una ciudad que, pese a su dinamismo económico, cultural y metropolitano, está perdiendo una batalla fundamental: la de hacer que sus habitantes se sientan seguros en su propia casa común.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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