La niñez es una etapa privilegiada, si se dispone de los requerimientos necesarios para vivirla en plenitud; o es quizá la más desafortunada por la condición de vulnerabilidad física e intelectual de la persona infante, si se transita careciendo de los más indispensables satisfactores.
Una niña, un niño, pueden ser plenos si crecen en hogares rodeados de amor familiar, si reciben alimentos nutritivos, medicamentos oportunos, vestuario suficiente e idóneos medios de recreación.
Las infancias alcanzan la plenitud si tienen también acceso a la educación de calidad, esa que estimula el aprendizaje de conocimientos, habilidades, actitudes y valores que potencian sus capacidades.
Así mismo, cuando la niñez se desarrolla en ambientes familiares, escolares, sociales e institucionales ricos en modelajes de buenos comportamientos y los responsables de su formación le corrigen con oportunidad, contará con los elementos determinantes de un buen destino en su futura adultez.
México, en sus últimas décadas, ha sido un país con alta población infantil y recientemente contabilizó el INEGI en la estimación del 2025, 38.5 millones de niñas y niños (de 0 a 17 años). Dirían los economistas que nuestro país ha dispuesto de un valioso bono demográfico.
Sin embargo, los frutos que debió y debe aún rendir tan preciado bono no se han logrado en la proporción esperada, porque muchas niñas y niños, millones, crecieron privados de los satisfactores esenciales ya mencionados.
De semejante desatención hay un responsable principal: El modelo económico y de Estado neoliberal. Éste, fundamentado en el darwinismo social, expuso a los grupos sociales vulnerables, entre ellos las niñas y los niños, a que aprendieran a sobrevivir por sus propios medios o se murieran en el intento.
El neoliberalismo canceló las políticas sociales indispensables para garantizar el acceso universal de la niñez a la alimentación, a la salud, a la educación. También ausentó de los hogares a padres y madres, porque ocuparon su tiempo en jornadas laborales extensas para poder completar el ingreso familiar.
El neoliberalismo achicó al Estado, erradicó su papel de equilibrador social y promotor de bienestar, en su adelgazamiento se deshizo de todo aquello que protegiera a la infancia.
A partir del 2018, con las acciones de gobierno implementadas en el sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador y las que lleva la presidenta, doctora Claudia Sheinbaum Pardo, en México se ha implementado el modelo económico y de Estado antítesis del neoliberal: el Estado de Bienestar. Con él se están impulsando los programas sociales que buscan que cada niña y niño mexicano tengan lo esencial para su desarrollo; han surgido las becas universales para estudiantes de educación básica y media superior, se han invertido recursos millonarios en el mejoramiento de los planteles escolares con el programa “La escuela es nuestra”; se ha prohibido la venta de comida chatarra en las instituciones educativas, se ha aumentado el salario en más del 300 por ciento para garantizar cuando menos dos canastas básicas de alimentos en cada hogar; se están desarrollando los programas de seguimiento y recuperación de la salud de niñas y niños, sobre todo de quienes presentan desnutrición o sobrepeso; se están activando competencias deportivas nacionales; se ha desarrollado un nuevo modelo educativo que le da a la niñez un papel preponderante en su aprendizaje y le estimula a la participación en los asuntos comunitarios.
Hacemos todo, con el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum, porque queremos que las niñas y los niños mexicanos sean felices, tengan lo indispensable, desarrollen sus capacidades, alcancen un magnífico porvenir y engrandezcan a México. Este es uno de los más nobles fines de los gobiernos de la Cuarta Transformación.