El tráfico de fentanilo parece haber dejado de ser la principal preocupación de Donald Trump respecto a México. El problema que hoy observaría Estados Unidos sería mucho más profundo: la posibilidad de que México avance hacia una crisis interna de violencia y captura institucional tan severa, que termine convirtiéndose en uno de los mayores focos de inestabilidad del continente.
Distintos análisis de seguridad han advertido durante años sobre el crecimiento económico, territorial y armamentístico de las organizaciones criminales mexicanas. El riesgo ya no radicaría únicamente en el narcotráfico, sino en la capacidad de ciertos grupos para sustituir funciones del Estado, controlar territorios, influir en gobiernos locales y establecer estructuras paralelas de poder.
De continuar el fortalecimiento financiero y operativo de organizaciones como el Cártel de Sinaloa y el Cártel Nueva Generación, México podría enfrentar en menos de una década un deterioro institucional sin precedentes. El escenario dejaría de tratarse exclusivamente de delincuencia organizada para transformarse en regiones completas bajo control criminal, con estructuras capaces de operar como poderes autónomos.
La preocupación aumenta cuando se observa la relación ambigua que durante años ha señalado parte de la opinión pública entre sectores políticos y grupos criminales. Cuando el poder busca sostenerse mediante acuerdos con intereses enfrentados, el equilibrio es temporal. Basta una fractura para desencadenar confrontaciones de gran escala entre organizaciones rivales, elevando la violencia a niveles imposibles de contener mediante instituciones debilitadas.
Información atribuida a entornos de inteligencia estadounidense habría advertido sobre escenarios donde México podría evolucionar hacia una crisis comparable con conflictos prolongados observados en otras regiones del mundo: desplazamientos masivos, pérdida del control territorial y una emergencia humanitaria que superaría fronteras. La preocupación no sería únicamente la seguridad mexicana, sino el impacto directo sobre Estados Unidos.
El cálculo resulta lógico. Compartir más de tres mil kilómetros de frontera con un país inmerso en una crisis de violencia extrema implicaría presión migratoria histórica, desestabilización económica y riesgos de seguridad nacional para Norteamérica. Millones de personas buscarían abandonar zonas controladas por violencia criminal, generando una de las mayores movilizaciones humanas del continente.
A ello se suma otro elemento delicado: los millones de mexicanos que residen en Estados Unidos convertirían cualquier crisis interna mexicana en un tema político doméstico para Washington. Abrir o cerrar fronteras dejaría de ser una decisión migratoria para convertirse en una discusión sobre estabilidad interna.
El impacto económico tampoco sería menor. México representa uno de los socios comerciales más importantes de Estados Unidos. Una caída institucional prolongada afectaría cadenas de suministro, inversiones y mercados regionales, extendiendo consecuencias hacia América Latina, Europa e incluso Asia. El narcotráfico dejaría de ser el problema principal; el verdadero riesgo sería el colapso de gobernabilidad.
La reacción del gobierno mexicano frente a diversos señalamientos recientes, así como la percepción internacional sobre posibles vínculos entre poder político y crimen organizado, ha incrementado cuestionamientos sobre la capacidad del Estado para enfrentar estas estructuras con independencia total. La duda ya no recae únicamente en la fuerza de los cárteles, sino en la fortaleza de las instituciones encargadas de combatirlos.
Porque si llega el momento en que las organizaciones criminales poseen mayor capacidad territorial, económica y de intimidación que el propio Estado, el problema deja de llamarse inseguridad. Comienza a llamarse pérdida de soberanía.
Quizá por eso, para Estados Unidos, el tema dejó de ser solamente el fentanilo hace tiempo. La preocupación podría estar concentrada en impedir que al Sur de su frontera se consolide un territorio donde la diferencia entre autoridad y poder criminal termine desapareciendo.