Mi primera impresión cuando escuché que la presidenta Claudia Sheinbaum daría un mensaje por el segundo aniversario de su triunfo, fue hacer una mueca pensando que se convertiría en otro de los actos sin sustancia, con un mensaje repetitivo dirigido a su público y que le funcionó muy bien a su antecesor; acto seguido, le perdí todo interés y no le di seguimiento a los preparativos del “informe”.
Sin dejar de tener lugares comunes y ya muy mencionados como “el prian robó más”, la verdad que la pieza de oratoria de la mandataria se significó por marcar una posición clara y franca en la crisis que se vive con nuestros vecinos del Norte y las tensiones políticas evidentes y crecientes en el segundo periodo del presidente Trump; el mensaje en el Monumento a la Revolución y su transmisión en vivo en 31 plazas de las capitales del país se convirtió en un acto de firmeza frente a la mirada de los miles de simpatizantes que las abarrotaron y comulgan con la 4T. Sin duda, dicho discurso abre una nueva etapa en la relación bilateral.
Claudia Sheinbaum fue de frente: ya no es colaboración, es injerencia. Hoy vienen por uno y no hay duda de que vendrán por un mayor número. Se pretende incidir en el proceso electoral desde Estados Unidos en una alianza de la ultraderecha internacional. Ante ello hay que envolverse en el lábaro patrio y defender la “soberanía nacional” para que seamos solo las y los mexicanos quienes tomemos las decisiones políticas de la nación.
Sin duda, el momento de mayor importancia le llegó a la presidenta con prontitud. A dos años de su triunfo electoral avasallador, nada sencillo debe de ser lidiar con buena parte de sus correligionarios disputándose el control de su partido político y el de sus aliados electorales; la sombra de su antecesor y la permanente presión del presidente Trump, aunado al estancamiento económico, la crisis de las personas desaparecidas que no cede, el oportunismo de aliados de antaño como la CNTE y la gota que derramó el vaso: la acusación en contra de Rubén Rocha Moya y otros nueve servidores públicos, incluido un senador y el alcalde con licencia de la capital sinaloense, obligaron a la presidenta a plantar posición.
El cálculo es endurecer la postura de no intervención extranjera, sin romper la colaboración con límites, ganar tiempo y esperar una reacción no tan severa de la contraparte del Norte; aguantar el vendaval atrincherada con sus huestes, esperando llegar en una mejor condición a la elección intermedia y que no llegue la temida intervención en alguna acción operativa para llevar al gobernador con licencia a Estados Unidos o que se den a conocer en los medios de ese país las pruebas en contra de las personas acusadas.
Se podrá estar de acuerdo o no con la presidenta, pero tomó su decisión y prefirió que la soberanía nacional se siga disputando con el crimen organizado, en lugar de disputarla con otra nación. Una apuesta arriesgada. Sólo espero que no sigamos perdiendo soberanía con ambos entes a la par, en lugar de ir recuperándola por méritos propios del Estado mexicano.