En columnas previas he hablado sobre salud y su contraparte, la enfermedad, dos conceptos que conllevan dificultades milenarias para su comprensión clara, y que por ello son dejados de lado en las asignaturas médicas. He afirmado que nadie está sano, es decir funcional biológica, psicológica y socialmente, por completo, durante toda su vida. En la niñez por ejemplo, nuestra fortaleza biológica orientada al desarrollo es muy fuerte, pero al mismo tiempo en esa etapa somos muy inmaduros mental y emocionalmente, y con total dependencia social. En la vejez, por el contrario, somos biológicamente muy frágiles al tiempo que tenemos un alto sentido de significados de la vida (no siempre) (1). La salud se comprende como un estado adaptativo en las esferas biológica, psicológica, social y espiritual, y como se deduce, la plenitud de las tres esferas no es simultánea.
De igual manera, su apreciación es muy diversa. En la esfera biológica la salud puede mirarse con alguna certeza objetiva, pero en las demás esferas es básicamente subjetiva. En otras palabras, salud significa capacidad para adaptarse según la percibe cada sujeto, aunque difiera de lo que los demás vean desde el exterior. Si la vemos así, nacemos con poca salud, vamos creciendo en salud toda la niñez y luego viene una caída de salud en la adolescencia (de carácter psicosocial). Nuestro pico de salud global se alcanza hacia los 30 años y en adelante declina sostenidamente hasta el final de nuestra vida.
La capacidad adaptativa que describo depende del contexto y no solo del sujeto; alguien con alta capacidad biológica de adaptación sucumbirá sin remedio a los 800 grados centígrados de calor infernal inducido por las bombas de fósforo blanco que se han disparado contra la población inerme de Gaza.
La inmortalidad biológica es imposible por las leyes físicas
Si aspirar a una salud biopsicosocial y espiritual plena toda la vida es un anhelo, aspirar a la inmortalidad biológica y a la juventud eterna es un mito fuera de la realidad. La vida en cualquiera de sus formas individuales está condenada a morir; la vida sigue proliferando en el planeta Tierra debido a la reproducción de las nuevas generaciones. Como dijera Bertrand Russell, los humanos somos parte del rio de la especie humana, desde el primero y hasta que perezca el último, venimos del mismo tronco. Y como individuos, tenemos un lapso de vida que hoy ronda los 75 años (promedio entre los que mueren al nacer y los que viven alrededor de 120 años). ¿Por qué es imposible la aspiración a la vida eterna biológica que la tecnología médica parece perseguir?
La vida individual es una lucha contrarreloj debido a que logra posponer, solo posponer, la ley de termodinámica de la dispersión de la energía que rige implacable en todo el universo. La energía se dispersa constantemente, por eso nuestro sol irradia energía y lo hará así por los siguientes 5,000 millones de años; dicen los expertos que está a la mitad de su vida. La vida –ese misterio– surgió cuando pudo retener algo de esa energía y aprovecharla para su desarrollo. Las células humanas tienen organelos especializados (las mitocondrias) para procesar las moléculas de los alimentos que comemos y generar así nuestra propia energía eléctrica, térmica; así crecemos, reparamos tejidos, genes, producimos ideas… Pero la segunda ley de la termodinámica sigue firme, y el organismo se enfrenta a un medio exterior mucho más caótico (más entrópico) que nuestro medio interno. Poco a poco, nuestros sistemas celulares pierden eficacia para controlar el desorden molecular de nuestro interior, y van apareciendo las enfermedades agudas, crónicas, físicas y mentales. Nuestras células no pueden reproducirse eternamente, tienen un reloj vital, las neuronas son las células más longevas que tenemos, pero tampoco son eternas.
Vivimos el tiempo que nuestros órganos vitales puedan sostener una función suficiente para apoyar la función general del organismo; pero lo que más prolonga nuestra vida son los factores sociales que nos apoyan cuando estamos desvalidos y que aprovechan las tecnologías que han sido desarrolladas en los últimos siglos. Es innegable que hay una enorme injusticia social en cuanto al acceso de las tecnologías para reparar la salud perdida.
Puedo afirmar que nuestra biología se agotará tarde o temprano en cada individuo en su lucha contra las fuerzas de la entropía universal; no obstante, lo que en deteriora más la salud global son los factores económicos, sociales y políticos. Las tres grandes injusticias que describe Nancy Krieger (2), ecológica, de clase social, y la injusticia histórico cultural (racial, étnica, de género y sexualidad).
¿Qué hacer para tener una mejor salud global en México?
Seguir inviertiendo masivamente en la promesa de la biología molecular de “curar todas las enfermedades”, no logrará revertir las leyes del universo de la dispersión entrópica de la energía. También, queda claro que invertir primordialmente en alta tecnología hospitalaria y las nuevas modas tecnológicas, ayudará a los más enfermos sin mejorar la salud poblacional. La opción para una mejor salud de los mexicanos es optimizar los factores ambientales externos a la persona (en esencia, el desarrollo de capital social y comunitario). Se trata de intervenir con mejor juicio en el inevitable incremento del desorden molecular asociado a las enfermedades del envejecimiento. Invertir en una buena salud a largo plazo requiere dirigir recursos a los estadios tempranos de la vida –embarazo e infancia–. Orientar los recursos hacia servicios de “calidad de vida”, apoyar a la adolescencia y los inevitables estadios de envejecimiento. Una política de salud firme incluye asegurar ambientes hogareños y comunitarios seguros, escuelas flexibles, entrenamiento para el empleo, integrar a los adultos mayores en hogares de jóvenes y otros aspectos de una red de seguridad social en unidades pequeñas y estrechamente unidas a las comunidades y barrios.
Conclusión
Si bien, la inmortalidad biológica es físicamente imposible, una sociedad más justa y solidaria haría la vida más digna de vivirse para todos. Esto no es poca cosa cuando el mundo transita peligrosamente de la unipolaridad hacia la promesa de la multipolaridad en la geopolítica. Y cuando está creciendo un “postulado tecnológico” identificado con el “Transhumanismo” una corriente filosófica que sigue viendo al humano actual como una máquina biológica que se puede integrar con la cibernética, la alta tecnología; que aspira al “posthumanismo”, a la creación de supuestos seres perfectos, que no enfermarían, eliminarían el sufrimiento y vivirían 500 años o más. F. Fukuyama llama al transhumanismo “una de las ideas más peligrosas del mundo” (3). Está implícito que habría que impedir la reproducción de todos aquellos humanos que no encajan con este proyecto.
Preocupa que la IA sea parte del proyecto de esta visión de “pensamiento a muy largo plazo” de la elite tecnológica megárica (4).
Referencias
(1). Topolski, S., & Sturmberg, J. (2014). Validation of a non-linear model of health. Journal of Evaluation in Clinical Practice, 20, 1026-1035.
(2). Krieger, N. (2021). From embodying injustice to embodying equity. Embodied truths and ecosocial theory of disease distribution. En N. Krieger, “Ecosocial theory, embodied truths and the people´s health” (p. 1-54). Oxford University Press.
(3). https://www.bioeticacs.org/iceb/seleccion_temas/transhumanismo/EP_Transhumanismo_y_Post.pdf
(4). https://www.youtube.com/watch?v=vAKKKYw4_Rk