Hay una vibración en el aire de Guadalajara que no se puede fingir. Se siente al caminar por nuestras plazas, al escuchar el eco del mariachi entrelazarse con cantos en distintos idiomas y al ver cómo el color local ha tomado por completo cada rincón de la ciudad. Quienes dudaban del peso específico de nuestra tierra en este Mundial hoy tienen su respuesta: la Perla Tapatía no es una sede más; es el alma de la fiesta y, sin temor a equivocarnos, la mejor sede de toda la Copa del Mundo.
Para quienes crecieron escuchando las leyendas de aquel Mundial del 70, lo vivido en estos días se siente como un reencuentro con la historia. Esa mística inolvidable, donde el Estadio Jalisco adoptó al mítico Brasil de Pelé como suyo, despertó con toda su fuerza. El gran partido de ayer, donde recibimos con orgullo desbordado a nuestra Selección Mexicana, dejó en claro que la afición tapatía no solo asiste a los partidos, sino crea atmósferas sagradas. Volvimos a demostrar que aquí el futbol no es un simple espectáculo, es identidad y pasión que llevamos en nuestra cultura.
Esta efervescencia no se queda solo en el grito de los goles, se nota en el pulso diario de nuestra economía. Aunque los balances finales se escribirán al terminar la justa, la proyección de captar en promedio 20 mil millones en todo el Estado ya se siente en el movimiento de los comercios locales, los restaurantes y el sector hotelero. Basta con voltear a ver nuestras terminales terrestres o aéreas. Los vuelos con destino a Guadalajara vienen completamente llenos, repletos de aficionados ansiosos por experimentar la legendaria hospitalidad que solo nosotros sabemos dar.
Toda esta energía ahora nos encamina al próximo 26 de junio, porque tendremos el vibrante encuentro entre España y Uruguay, un partido de tal envergadura que ha convocado las miradas de la realeza internacional. La confirmación de la visita del Rey Felipe VI, quien viajará exclusivamente a nuestra ciudad para acompañar a su selección, añade un matiz profundamente emotivo. Pisa una tierra de entrañable afecto para la Reina Letizia, quien en sus años de juventud y formación periodística vivió, trabajó y dejó su propia huella en Guadalajara. Este lazo invisible que vuelve a unir a la corona con nuestra capital, reafirma que somos el epicentro natural donde el mundo decide encontrarse.
El mayor legado de este Mundial no se medirá únicamente en las ganancias económicas ni en los marcadores de la cancha; se medirá en el orgullo de nuestra gente. Guadalajara está lista, equipada con infraestructura de vanguardia y cobijada por la afición más apasionada del planeta. Lo demostramos desde 1970, 1986 y lo confirmamos ayer con nuestra selección y lo sostendremos cada día que el balón siga rodando. ¡Que resuene la alegría tapatía en todo el mundo!