Desde la cumbre del G7 en Évian, Francia, Donald Trump repitió una frase que ya convirtió en lugar común: que los cárteles gobiernan México. Describió a la presidenta Claudia Sheinbaum como una mujer muy buena, pero muy asustada. Sus palabras resultan difíciles de sostener cuando provienen del presidente de la nación que más drogas consume en el mundo y que inunda nuestro territorio con armas de alto poder.
Nuestra presidenta respondió con serenidad y con datos. Citó una reducción del 46% en homicidios dolosos, la destrucción de más de 2 mil 500 narcolaboratorios y la detención de líderes criminales con órdenes de aprehensión y subrayó que “El Estado mexicano existe”.
Lo más revelador no vino de México, sino del propio gobierno de Trump. El secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, declaró recientemente ante el Congreso: “Nos ha impresionado que hayan sido muy cooperativos, mucho más que la administración anterior”. La zar antidrogas Sara Carter, fue igual de clara al elogiar los operativos conjuntos contra el cártel delincuencial que tenía por sede a Jalisco: “Nunca habíamos visto esa cooperación antes”. Los propios funcionarios de Trump contradicen a Trump.
México ha sido claro desde el inicio: cooperación no es subordinación. La responsabilidad compartida exige también que Estados Unidos frene el tráfico ilegal de armas que alimenta a los mismos grupos criminales que Trump dice combatir.
Como ha dicho la presidenta: la soberanía no está sujeta a ningún tipo de negociación.
Desde el Grupo Parlamentario de Morena respaldamos esa postura sin reservas. Una intervención militar extranjera sería inconstitucional, contraproducente y un retroceso en la relación bilateral. Cuando Trump lanza calificativos sin sentido en contra de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en realidad está describiendo a una mujer que no teme decirle que no y que ha demostrado tener argumentos sólidos para defender la soberanía nacional.
Eso no es miedo, a eso se le llama simplemente dignidad.