Las democracias electorales modernas, en donde existe la figura de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales cuando una de las personas candidatas no logra una mayoría holgada, tienen como intención provocar la reflexión entre la ciudadanía para que él o la ganadora tenga, además de legalidad, una legitimidad que le permita mejores estándares de gobernabilidad, y ha funcionado de buena forma en la mayoría de los casos, abonando al fortalecimiento de la institucionalidad democrática electoral.
Sin embargo, recientemente tenemos dos casos en los que las segundas vueltas se han convertido en esquemas de polarización inusitada. En Perú la elección tiene como probable ganadora a Keiko Fujimori frente a Roberto Sánchez, con apenas una diferencia de aproximadamente 40 mil votos de un universo de poco menos de 19 millones de votos emitidos, una elección que divide a la sociedad peruana en dos mitades prácticamente iguales y con un encono social de alta complejidad que hará muy difícil tener un esquema de gobernabilidad, aunado a un Congreso también dividido, lo que contribuye a incrementar la complejidad de gobernar. Sin olvidar que Perú ha tenido 8 presidentes en la última década, es decir, la incertidumbre es la marca en dicha nación.
De igual manera, este fin de semana se llevó a cabo la segunda vuelta en Colombia y el escenario es similar, el resultado del preconteo da como ganador provisional a Abelardo de la Espriella frente a Iván Cepeda, con una diferencia aproximada de 250 mil votos de un total aproximado de 26 millones de votos depositados en las urnas y, de igual manera, con una polarización extrema entre las posiciones ideológicas, con un elemento adicional desafortunado, el aún presidente Gustavo Petro acabó convirtiéndose en el jefe de campaña de Cepeda de manera incorrecta e ilegal, además terminó haciendo de la segunda vuelta un referéndum de su propio gobierno que, desde mi particular punto de vista, terminó mermándole simpatías a su candidato, y que en las últimas horas ha desbordado la prudencia al no reconocer en primera instancia el resultado electoral, acusa de fraude, de vulneración del sistema informático de conteo de votos y de una flagrante intervención por parte del presidente estadounidense en las elecciones de esa nación.
Es claro que la política exterior norteamericana ha sido agresiva para recuperar influencia política en la región después de que otros actores internacionales, como los rusos, chinos e incluso iraníes, dieron pasos firmes para posicionarse en toda América Latina, frente a la pasividad de los expresidentes estadounidenses. Tema que el gobierno de Trump asume como de alto riesgo geopolítico, eso es un hecho innegable, pero los colombianos se ven hoy entre la presunta intromisión externa y la franca, abierta intromisión del presidente en funciones en el proceso electoral.
Por ello la importancia de fortalecer organismos electorales autónomos con capacidades técnicas y blindajes jurídicos para que puedan llevar a cabo sus labores de la mejor manera posible, la figura de los Órganos Constitucionales Autónomos es la más efectiva (que no perfecta) construcción institucional para lograr este objetivo y estos casos comentados no debemos olvidarlo frente al casi inmediato inicio del proceso electoral 2026-2027 que vivirá México.
Esperemos los resultados finales en ambas naciones y que las personas ganadoras puedan consolidar proyectos de gobierno sólidos en el nuboso camino que tienen por delante.