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24 junio 2026
Tzinti Ramírez
Tzinti Ramírez
Internacionalista y maestra en Historia y Política Internacional por el Graduate Institute of International and Development Studies (IHEID) en Ginebra, Suiza. Investigadora invitada en el Gender and Feminist Theory Research Group y en el CEDAR Center for Elections, Democracy, Accountability and Representation de la Universidad de Birmingham, en Reino Unido. Miembro de la Red de Politólogas.

A diez años del Brexit

24 junio 2026
|
05:00
Actualizada
07:56

A diez años del referéndum de salida del Reino Unido de la Unión Europea, el Brexit no puede leerse solo como una decisión frente Europa, sino como una advertencia sobre lo que ocurre cuando el miedo se explota como proyecto político. Según los pro-Brexit, la salida de la UE prometía devolverle “el control” al Reino Unido (nunca quedó muy claro sobre qué exactamente); lo que devolvió fue inestabilidad, empobrecimiento relativo y un clima político cada vez más adicto al agravio.

El 23 de junio de 2016, 17.4 millones votaron por salir de la Unión Europea y 16.1 millones por permanecer. Ganó “Leave” (salir) con 51.9%, en una participación de 72.2%. La frase que se usó en campaña fue eficaz porque parecía incontestable: “take back control” (recobrar el control). En teoría, control de las fronteras, de las leyes, de una parte del presupuesto. Quienes se oponían eran etiquetados como enemigos de la nación, personas faltas de patriotismo.

El entonces primer ministro David Cameron, del Partido Conservador británico, convocó el referéndum para contener una crisis dentro de su propio partido: la presión de los euroescépticos conservadores y el avance electoral de UKIP, el Partido de la Independencia del Reino Unido, una fuerza de derecha radical populista encabezada por Nigel Farage. Al prentender zanjar una disputa interna de la derecha británica, Cameron terminó abriendo una fractura nacional.

Por su parte, Boris Johnson y Michael Gove, también conservadores, junto con Dominic Cummings, estratega de la campaña “Vote Leave” (Vota Salir), y Farage, primero desde UKIP y después desde Reform UK, otra formación de ultraderecha electoral, entendieron un asunto clave: el malestar producto de décadas de neoliberalismo (del que fueron co-partícipes) podía ser reconvertido en resentimiento nacional. La desindustrialización, la precarización laboral, la desigualdad territorial, el debilitamiento de los servicios públicos y la austeridad impuesta después de la crisis financiera de 2008 habían dejado impactos profundos en la sociedad británica. Pero en lugar de discutir el costo social de los recortes, el abandono regional o el deterioro del Estado de bienestar, la campaña construyó culpables políticamente rentables: Bruselas (como representante de la “malvada” Unión Europea), los migrantes y las fronteras “abiertas”. La estrategia era obviar problemas estructurales y canalizar el malestar social en una consigna simple, euroescéptica y xenófoba: “recuperar el control”.

Después vino la realidad. Theresa May, también conservadora, activó el Artículo 50 del Tratado de la Unión Europea el 29 de marzo de 2017, a lo que siguió que el Reino Unido saliera jurídicamente de la UE el 31 de enero de 2020 y abandonara el mercado único y la unión aduanera el 31 de diciembre de ese mismo año. Pero esa salida que se había planteado como la solución a todos los problemas, no ha hecho más que profundizar la crisis. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria británica calcula que la nueva relación comercial con la UE reducirá la productividad de largo plazo en 4%. Un estudio del “National Bureau of Economic Research”, una de las principales instituciones de investigación económica en Estados Unidos, estima que para 2025 el Brexit ya había reducido el PIB británico entre 6 y 8%. ¿Dónde queda la prosperidad prometida? ¿Dónde los millones de libras esterlinas “extra” para el Servicio Nacional de Salud, el NHS, usados como consigna de campaña? ¿Dónde el control?

La renuncia de Keir Starmer, anunciada el pasado 22 de junio de 2026, lleva esa crisis a un siguiente punto. Starmer había llegado al poder en julio de 2024 en el primer retorno a Downing Street del Partido Laborista después de 14 años de gobiernos conservadores. El último gobierno laborista había sido el de Gordon Brown, que terminó en 2010 tras una elección sin mayoría clara y el inicio de la coalición entre conservadores y liberal-demócratas encabezada por David Cameron. Pero Starmer no solo no logró estabilizar el país, sino que quedó atrapado entre una economía estancada, servicios públicos en crisis, una derecha radical en ascenso y una base progresista cada vez más decepcionada por sus titubeos y tibiezas frente al genocidio de Israel en Gaza, su endurecimiento migratorio y sus acomodos con Washington. Así, el Reino Unido tendrá su séptimo primer ministro en una década: Cameron, May, Johnson, Truss, Sunak, Starmer y, probablemente, Andy Burnham como nuevo relevo. Atendemos a un sistema político que no logra estabilizar la falsa nostalgia de una Gran Bretaña celosamente soberana, imperial y excepcional, oprimida por la Unión Europea y capaz de prosperar sola frente al mundo.

Pero, ¿dónde están hoy los arquitectos del Brexit? Cameron se fue al día siguiente de perder el referéndum que él mismo convocó. Boris Johnson llegó a Downing Street prometiendo “Get Brexit Done”, obteniendo una amplia mayoría conservadora en 2019, luego de lo cual condujo la salida formal de la Unión Europea y después gobernó entre una gestión errática de la pandemia, el escándalo de las fiestas durante el confinamiento y una crisis de confianza que terminó por expulsarlo. Michael Gove abandonó la primera línea. Dominic Cummings, el cerebro de “Vote Leave”, opera desde los márgenes. Farage, en cambio, encontró la forma más cínica de sobrevivir: hacer campaña contra las consecuencias del proyecto que él mismo ayudó a imponer. Primero vendió la salida de la Unión Europea como solución a casi todo, ahora, desde Reform UK, sostiene que el problema no fue el Brexit sino que la “clase política” no lo ejecutó “de verdad”. Como remedio, propone una dosis más alta del mismo veneno.

Por eso importan los disturbios antiinmigrantes en Belfast del 9 y 10 de junio, y los ataques antimusulmanes en Edimburgo del 19 de junio. Porque son parte de un clima político que dejó crecer a personajes como Tommy Robinson, fundador de la “English Defence League” y figura de la extrema derecha islamófoba británica, al tiempo que dejó circular la idea de que la crisis social podía explicarse por la presencia de migrantes, solicitantes de asilo y musulmanes. Así opera la fantasía nacional de las derechas radicales y extremas: convierte el deterioro sistémico y sistemático de las condiciones de vida en “amenaza cultural”, el malestar en sospecha, y la violencia (siempre que no sea dirigida contra el sistema) en defensa patriótica.

Resulta revelador que el periódico “The Guardian”, con motivo del aniversario del Brexit, publicara una encuesta del “European Council on Foreign Relations” según la cual 66% de ciudadanos de la Unión Europea apoyaría que el Reino Unido volviera al bloque. Es casi como si se abriera una ventana para imaginar el arrepentimiento de la salida aunque el Reino Unido aún no se atreve a nombrar plenamente el fracaso. El Brexit no fue solo una salida del andamiaje de Bruselas, fue una forma de pedagogía del agravio. Enseñó a convertir la desigualdad en resentimiento social, la injusticia en menosprecio del otro y el malestar con lo cotidiano en fantasías de supremacía. Sus costos apenas comienzan a contarse.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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