En Jalisco existe una preocupación creciente entre empresarios, comerciantes y profesionistas: la sensación de que los delincuentes ya no actúan únicamente por oportunidad, sino que seleccionan y estudian previamente a sus víctimas.
En los últimos años se ha observado una transformación en las actividades delictivas de diversos grupos criminales. Ante la presión de las autoridades, las restricciones financieras y el incremento de acciones de cooperación internacional contra el tráfico de drogas, algunas organizaciones parecen estar diversificando sus fuentes de ingresos hacia delitos que generan ganancias inmediatas, como la extorsión, el cobro de piso, el secuestro y la privación ilegal de la libertad. Esta evolución representa una amenaza directa para empresarios, comerciantes y ciudadanos que cuentan con algún patrimonio o actividad económica visible.
La preocupación radica en que estos delitos no solo buscan obtener recursos económicos de manera inmediata. En numerosos casos, las víctimas son privadas de la libertad para exigir pagos a familiares, socios o conocidos, generando una profunda afectación social y emocional. Lo más alarmante es que algunas de estas personas ya no regresan con vida, lo que incrementa la percepción de inseguridad y vulnerabilidad entre quienes desarrollan actividades productivas en el Estado.
El asesinato del empresario joyero Jaime Arias, localizado sin vida tras haber sido privado de la libertad, impactó profundamente a la sociedad jalisciense. El caso se sumó a otros episodios recientes en los que empresarios y personas con capacidad económica han sido víctimas de delitos que muestran planeación previa, conocimiento de rutinas y seguimiento de movimientos.
Todo indica que la dinámica criminal también está evolucionando. Antes se pensaba que muchos delitos ocurrían por una oportunidad circunstancial; hoy existe la percepción de que, en determinados casos, los delincuentes observan, recopilan información y analizan previamente a sus posibles objetivos. Las redes sociales, los hábitos cotidianos, los lugares frecuentados e incluso la información compartida por terceros pueden convertirse en herramientas para identificar víctimas potenciales.
Esta evolución del fenómeno criminal obliga a replantear el concepto de seguridad personal. Ya no basta con reforzar cerraduras, contratar vigilancia o instalar cámaras. También es necesario proteger la información personal, limitar la exposición innecesaria de actividades familiares y comprender que los datos sobre patrimonio, negocios y rutinas tienen un valor estratégico para quienes buscan cometer delitos.
La selección de víctimas con capacidad económica, la vigilancia discreta y el aprovechamiento de información pública son elementos que aparecen con mayor frecuencia en investigaciones y análisis de seguridad. Cuando ciertas fuentes tradicionales de ingresos criminales enfrentan mayores obstáculos, algunos grupos buscan nuevas formas de financiamiento, y en ese proceso el patrimonio, la libertad y, en ocasiones, la vida de los ciudadanos, se convierte en el objetivo.
La reflexión debe centrarse no solamente en los delitos que llegan a denunciarse, sino también en la capacidad que han desarrollado los grupos criminales para obtener información previa sobre sus víctimas. En una época donde la información tiene un enorme valor, la prevención comienza por entender qué datos compartimos, con quién los compartimos y cómo pueden ser utilizados en nuestra contra.
La seguridad ya no depende únicamente de la capacidad de reacción de las autoridades. También exige una mayor cultura de prevención, discreción y protección de la información personal en un entorno donde el conocimiento previo de la víctima puede convertirse en una herramienta para la comisión de delitos.