Desde hace varios meses, cerca de 200 colonias de la Zona Metropolitana de Guadalajara reciben en sus hogares algo que el Sistema Intermunicipal para los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA) llama agua potable, pero que en realidad es agua turbia, sucia, maloliente, inaceptable.
Familias que abren la llave y encuentran un líquido que genera absoluta desconfianza, que no sólo mancha la ropa, sino que podría poner en riesgo la salud de las personas y, por lo mismo, nadie la bebería.
Eso sí, el recibo llega puntual cada bimestre y no se diga el corte por falta de pago (bautizado por las autoridades como reducción del servicio). Ante esta realidad, celebro que desde el Poder Legislativo estatal existan voces dispuestas a mover el tablero. Legisladoras y legisladores que cocinan un esquema de descuentos para ciudadanos morosos en el pago del servicio de agua. La propuesta tiene mérito: reconoce que hay una deuda acumulada, que hay usuarios que no han pagado, y que se necesita un mecanismo para poner las cuentas al corriente. Pero me parece que el planteamiento debe ir más lejos. Mucho más lejos. Lo que proponen algunos es, en esencia, una herramienta de recuperación de cartera vencida. Válida, sí. Necesaria, también. Pero insuficiente si no se acompaña de un reconocimiento fundamental: que el Estado está en deuda con la ciudadanía, no al revés.
Cuando un organismo público cobra por un servicio y no lo presta en condiciones dignas, no estamos frente a un problema de morosidad. Estamos frente a un incumplimiento institucional. Y ese incumplimiento tiene nombre: es una falla del Estado.
Por eso mi postura es clara: los usuarios que hayan recibido agua turbia o sucia en estas colonias deben ser compensados al 100 por ciento, no con un descuento, no con una facilidad de pago. Con una compensación real, proporcional al tiempo que llevan recibiendo un servicio que no cumple con los estándares mínimos de calidad establecidos en la ley.
Ningún ciudadano debe pagar por agua que no puede beber, que no puede usar con tranquilidad, que genera desconfianza y gastos adicionales en garrafones, filtros o medicamentos. Ese costo invisible que nadie contabiliza lo han venido absorbiendo las familias tapatías durante meses. La discusión no puede reducirse a cómo cobrarle a quienes no han pagado.
La discusión tiene que comenzar por preguntarse por qué no han pagado, y si acaso tienen razón. Invito a los representantes populares con curul en el Congreso local a ampliar el horizonte de esta propuesta.
El esquema de descuentos puede ser el punto de partida, pero el punto de llegada debe ser la restitución plena de un derecho: el derecho humano al agua limpia, segura y suficiente.
Mientras el SIAPA no garantice ese derecho, la lógica del cobro pierde toda legitimidad moral. Y eso, como representante popular a nivel federal, no puedo ni debo de ignorarlo.