Hay semanas que parecen recordarnos todo lo que está mal: la violencia, la incertidumbre la polarización. Solo basta abrir el teléfono unos minutos para convencernos de que vivimos en un país donde las malas noticias nunca descansan.
Y luego aparece algo tan sencillo como el futbol. Y no hablo de la FIFA, ni de toda la industria que existe alrededor, sino de algo mucho más simple.
Hablo de las familias que salen de casa con la camiseta verde. De quienes han llenado las plazas para ver el partido en una pantalla. De los desconocidos que terminaron abrazándose después de un gol. De los memes, las personas volando por los aires, los niños pintados de verde, los comercios rebosantes y las calles convertidas por unas horas, en una gran celebración.
Durante algunos días Guadalajara se ha sentido distinta. No porque el futbol desapareciera los problemas de nuestra ciudad, por supuesto que no. Pero lo que sí es notorio es el cambio en el ánimo. Y a veces olvidamos que el ánimo también importa.
Hay quien dice que el fútbol es solamente un espectáculo. Sin embargo, yo creo que es un gran recordatorio de que todavía somos capaces de emocionarnos juntos.
En un tiempo de adversidad donde casi todo nos divide, todavía existen momentos que nos reúnen. Aun cuando el motivo sea tan simple como que un balón entre a la portería.
Probablemente por eso el fútbol sigue siendo tan poderoso. Porque nos recuerda nuestra naturaleza más humana de seres tribales, deseosa de poder creer en algo. Y no necesariamente porque vaya a cambiar nuestra vida, sino porque nos devuelve la posibilidad de imaginar que algo bueno puede pasar.
Esa esperanza dura un partido o a veces unos cuantos días. Pero deja algo más profundo: la certeza de que todavía podemos encontrarnos, compartir el espacio público y sentirnos parte de una misma historia.
Vivimos en una época que nos empuja a desconfiar de todo. A pensar que nada vale la pena y que cualquier motivo para entusiasmarse es una pérdida de tiempo. Sin embargo, basta mirar las calles llenas después de un gol, o reunidos en un gran concierto público, para entender que la esperanza también necesita momentos de celebración.
Quizá por eso el fútbol sigue ocupando un lugar tan especial en nuestras vidas. No porque resuelva nuestros problemas, sino porque nos recuerda que todavía somos capaces de disfrutar y de ilusionarnos. Porque al final de cuentas, no hay nada más esperanzador que pensar… ¿Y si sí?