La Guardia Nacional, ese proyecto de seguridad en el que se empeñó el expresidente Andrés Manel López Obrador, conmemoró siete años desde su creación. Lejos quedaron las largas y trabadas discusiones legislativas sobre la militarización de la seguridad pública que en 2018 y antes, se realizaron en el Congreso de la Unión. Hoy es una realidad y además, es la única esperanza con la que cuenta el país para cumplir una meta que se ha postergado durante varios sexenios: la pacificación.
Ayer, en ceremonias que se efectuaron en todo el territorio nacional, sencillas pero solemnes, se hizo conciencia de la importancia que ha adquirido la Guardia Nacional y cómo, en un proceso que todavía es de construcción, tendrá que crecer más en personal y en bases territoriales.
La Guardia Nacional cuenta con 125 mil elementos y antes de que concluya la gestión de la presidenta Claudia Sheinbaum, está proyectado que llegue a 170 mil integrantes.
Entre las muchas celebraciones, la central fue presidida por la presidenta de la república y su mensaje, hizo hincapié en los servicios que han prestado los integrantes de la Guardia, para apoyar a mexicanos afectados por inclemencias meteorológicas o en operativos de seguridad.
En este punto conviene recordar que cuando menos en los objetivos que se expusieron públicamente antes de concretar otra reforma que militarizó a la Guardia Nacional (se había creado con la propuesta de que se mantuviera con mandos civiles), se destacó que debía ser una fuerza de seguridad “de proximidad ciudadana”.
Ese objetivo no se ha cumplido del todo y aunque se han hecho intentos, se han dejado después.
En el transcurso del actual sexenio, aunque no se ha reconocido en el discurso, en los hechos ha quedado claro que el gobierno federal y la Secretaría de Seguridad Ciudadana que encabeza Omar García Harfuch, con el respaldo de la Guardia Nacional, la Secretaría de la Defensa Nacional y la Marina Armada, se ha confrontado abiertamente a la delincuencia organizada. Las pruebas son claras y basta recordar la eliminación de los líderes del crimen organizado y la entrega de otros tantos a la justicia de los Estados Unidos.
Sin embargo, y a pesar de la repetición de cifras que insisten en la reducción de homicidios y de delitos del fuero federal y del fuero común, la percepción de inseguridad reflejada en cada emisión de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del Inegi, deja claro que aún es muy largo el trayecto de la pacificación.
Las estadísticas oficiales contribuyen poco a reducir la sensación de inseguridad y la certeza de que la delincuencia organizada controla territorios en el país, incide en la vida cotidiana y está infiltrada en la vida pública y política.
La Guardia Nacional, en proceso de formación, merece reconocimiento sin duda, pero eso no pude difuminar la agenda pendiente de la pacificación.