Hay escenas que no deberían ocurrir jamás. Una de ellas se vivió durante el Fan Fest de Guadalajara, cuando un grupo de jóvenes decidió hacer el absurdo juego del “quiere volar” con una persona en silla de ruedas. La levantaron, la lanzaron y, al no sostenerla, la dejaron caer. El resultado fue el esperado: terminó lesionada y tuvo que ser atendida por la Cruz Roja.
No fue un accidente. Fue una cadena de malas decisiones.
Existe una preocupante normalización de la imprudencia disfrazada de diversión. Para algunos, “echar desmadre” significa perder cualquier noción de responsabilidad, ignorar los límites del sentido común y convertir a los demás en objetos de entretenimiento. No importa si alguien resulta herido. Lo importante parece ser conseguir un video para redes sociales o provocar las risas del grupo.
Esa actitud no tiene nada de festiva. Es inmadurez en su máxima expresión.
La emoción de un evento masivo nunca puede justificar conductas que ponen en riesgo la integridad de otras personas. Mucho menos cuando la víctima presenta una condición de movilidad que exige mayores cuidados y respeto. La inclusión no consiste únicamente en abrir espacios para todos; también implica garantizar que quienes asisten puedan hacerlo con seguridad y dignidad.
Lo ocurrido obliga a reflexionar sobre la falta de empatía que parece crecer entre algunos jóvenes, alimentada por la necesidad de llamar la atención y por una cultura donde el límite entre la broma y la agresión se ha vuelto peligrosamente difuso. Cuando la diversión depende de humillar, exponer o arriesgar a otra persona, deja de ser diversión y se convierte en violencia.
También es un llamado para quienes organizan eventos multitudinarios y para las autoridades encargadas de la seguridad. No basta con desplegar elementos de vigilancia para prevenir riñas. Es necesario actuar de inmediato cuando aparecen conductas temerarias que pueden terminar en tragedia.
Las personas con discapacidad y sus familias deben extremar precauciones si observan grupos que actúan de manera imprudente o agresiva. Nadie debería verse obligado a evitar espacios públicos por culpa de individuos incapaces de distinguir entre una celebración y una agresión, pero mientras persista esta cultura de la irresponsabilidad, la prevención puede evitar consecuencias más graves.
La verdadera fiesta es aquella donde todos regresan a casa sanos y salvos. Quien convierte el riesgo ajeno en diversión no merece aplausos ni excusas. Merece el rechazo social y, cuando corresponda, enfrentar las consecuencias legales de sus actos.