A estas alturas del Mundial, prácticamente todos podemos reconocer el rostro del portero de la selección de Cabo Verde. Hasta hace apenas unas semanas, pocos habían escuchado hablar de él. Hoy, “Vozinha” aparece en portadas, resúmenes deportivos y conversaciones entre aficionados. Millones de personas terminaron siguiendo los partidos de una selección que, al inicio del torneo, pasaba prácticamente desapercibida. ¿Pero qué es lo que explica ese fenómeno?
Existe un término para describirlo: underdog. En el deporte se utiliza para referirse a aquellos equipos que, por su historia, presupuesto, nivel competitivo o popularidad, parten con muy pocas probabilidades de ganar. Son los que llegan sin reflectores, sin grandes figuras y, casi siempre, sin que nadie apueste por ellos.
Pero cuando uno de ellos desafía todos los pronósticos, ocurre algo curioso. Puede ganarse el apoyo de miles de personas, que pueden llegar a alentarlo como si fuera su propia selección. No porque sea el mejor, sino porque representa algo con lo que todos podemos identificarnos.
Hay algo profundamente humano que nos emociona al ver al que parecía tener todo en contra abrirse paso hasta la cima. Nos gusta pensar que todavía existen historias capaces de romper lo establecido, de demostrar que el talento, la disciplina y la perseverancia también pueden vencer a las estadísticas. En el fondo, no celebramos únicamente una victoria deportiva; celebramos la posibilidad de que el destino no esté escrito.
Quizá por eso Cabo Verde despertó tanta simpatía. Porque, de una u otra forma, la mayoría de nosotros nunca hemos sido favoritos. Todos conocemos a alguien que tuvo que esforzarse el doble para conseguir una oportunidad: el estudiante que buscó una beca para continuar sus estudios, el emprendedor que comenzó con muy poco, la madre o el padre que sacó adelante a su familia con enormes sacrificios, el deportista que entrenó durante años sin patrocinadores ni reflectores. Sus historias nos conmueven porque nos recuerdan las nuestras.
Y es que quizá lo que este mundo necesita son más oportunidades para que aparezcan nuevos “underdogs”. Porque el talento suele estar mucho más distribuido que las oportunidades. Hay miles de personas capaces de hacer cosas extraordinarias que nunca tendrán la posibilidad de demostrarlo si las puertas permanecen cerradas.
El Mundial nos deja, una vez más, una lección que trasciende el futbol. No siempre gana el favorito, ni la historia está escrita desde el primer silbatazo. A veces basta una oportunidad para cambiar el rumbo de una persona, de un equipo o incluso de un país. Y quizá esa sea la razón por la que millones terminamos alentando a Cabo Verde: porque aunque se haya despedido del Mundial, por un instante, nos recordó que todos llevamos un “underdog” dentro y que, cuando alguien desafía los pronósticos, también nos devuelve la esperanza de que nosotros también podemos hacerlo.