En estas fechas, muchos festejan el fin de cursos, incluso hay alumnos que terminan un ciclo escolar, un nivel: preescolar, primaria, la secundaria, preparatoria, talleres laborales, o quizás hasta la universidad.
Las instituciones educativas celebran este hecho con ceremonias en las que entregan los diplomas, calificaciones o certificados. Es común que muchos jóvenes, junto con sus familias, acudan a la graduación de sus estudios, ya sea de preparatoria o de universidad. Hay algunas familias que festejan la graduación de preescolar, de primaria, secundaria e incluso de talleres laborales. Podría parecer una exageración festejar el término de estos grados, pero para una familia con un hijo con discapacidad, terminar un ciclo escolar y conmemorar un acto así, es mucho más que recibir un diploma o un título.
Cuando tu hijo tiene discapacidad y lo acompañas el día de su graduación, lo menos importante es el grado de estudios, lo que realmente estás festejando es algo que no se mide en la boleta de calificaciones, ni siquiera en los exámenes.
Cuando un hijo o una persona con discapacidad se gradúa, lo verdaderamente importante es saber que no se dio por vencido, que más allá de un diagnóstico médico, de una evaluación psicopedagógica, más allá de la dificultad de encontrar un espacio donde aprender, hubo alguien que creyó en tí, que te ayudó a aprender y que junto con tus padres, llega el día de la graduación.
Es reconocer la suma de voluntades, el esfuerzo, la dedicación, el compromiso, la resiliencia, las noches de desvelo, incluso días de llanto, confesar las barreras que se tuvieron que superar, el peregrinar tocando puertas de muchas instituciones hasta encontrar la mejor para tu hijo, festejar la infinidad de horas dedicadas a terapias, trabajo extra en casa, tareas de apoyo.
Estas son las razones por las que, en Educación Especial, los maestros, alumnos y padres de familia celebran graduaciones desde el preescolar, por lo que bien significa terminar una etapa importante en la vida del niño.
Si has sido alumno en una escuela inclusiva y tuviste la fortuna de tener un compañero con discapacidad en tu mismo salón, coincidiras conmigo en que, así como él aprendió muchas cosas de sus maestros y compañeros, también les enseñó mucho a todos, compañeros, maestros, personal administrativo y padres de familia se benefician de esta experiencia.
Aprendemos lo que denominamos habilidades blandas, el compañerismo, la empatía, la tolerancia, el servicio a los demás, comunicación efectiva, expresar ideas con claridad y practicar la escucha activa, incluso en ocasiones aprendes lengua de señas o algo de Braille, aprendes a trabajar en equipo, aprendes a colaborar con otros para alcanzar objetivos comunes, sin menospreciar a nadie, sino sacar lo mejor de cada uno, para ponerlo al servicio de la comunidad.
Desarrollas inteligencia emocional, esa capacidad de administrar tus propias emociones, entenderlas, aprovecharlas para reducir el estrés y comunicarte de forma asertiva y sobre todo, aceptando a tus compañeros tal y como son sin discriminar, independientemente de sus diferencias.
Estas y otras habilidades debemos fomentarlas, no solamente en las escuelas, sino en cada área de nuestras vidas, celebrar una graduación para una persona con discapacidad y su familia, se convierte en un gran logro, un hecho que merece ser aplaudido, recordado siempre.
Aparte de los conocimientos académicos, como lo he mencionado, festejamos muchísimo más; es un momento propio para celebrar la flexibilidad ante los cambios y aprender de los contratiempos, sin perder la esperanza, la creatividad para la resolución de conflictos académicos y de socialización que se presentan.
La graduación cobra gran relevancia. En una palabra, es una fiesta a la Resiliencia, una meta más alcanzada en la vida de un alumno con discapacidad.