El último pitazo del Mundial no solo puso fin a un espectáculo deportivo; marcó el desvanecimiento de un velo. Durante semanas, la euforia nos permitió una tregua, un paréntesis donde el balón era el único eje de nuestra atención. Pero el deporte, aunque sublime, tiene la capacidad de nublar la realidad; al silenciarse los estadios, nos enfrentamos a la cruda, inmutable y exigente “vuelta a la normalidad”. Una normalidad que, en realidad, nunca se fue: simplemente esperaba a que termináramos de celebrar para recordarnos que el mundo sigue girando.
Regresamos a un escenario geopolítico fracturado. En el Reino Unido, Andy Burnham asume hoy el cargo de primer ministro tras la salida de Keir Starmer, heredando una economía estancada y la urgencia de redefinir el poder laborista con un enfoque descentralizador. Es un cambio de mando en la cuna de la democracia occidental que refleja la inestabilidad de nuestra época. Al mismo tiempo, en Colombia, la tensión política ha alcanzado niveles de ebullición: el choque entre el presidente electo Abelardo de la Espriella y Gustavo Petro —con la disputa sobre el lugar de la posesión presidencial como escenario— no es más que el síntoma de una polarización que exige, más que nunca, templanza y altura de miras, no solo de los líderes, sino de la sociedad.
El pulso del mundo se siente en los frentes de batalla y en las oficinas de negociación, un conflicto que pensábamos se había cerrado, la guerra entre Estados Unidos e Irán, se ha recrudecido con bombardeos y bloqueos navales en Ormuz que amenazan la estabilidad energética global. Mientras tanto, en Ucrania, el conflicto persiste recordándonos que la paz es un esfuerzo constante y no un estado garantizado ni mucho menos un decreto.
En nuestra propia región, la incertidumbre económica nos asalta con la transición del T-MEC hacia un esquema de revisiones anuales, un cambio que, aunque necesario, inyecta dosis de inestabilidad que los inversionistas y ciudadanos ya están sintiendo. A esto se suma el drama humano en las fronteras: la crisis migratoria entre México y Estados Unidos, exacerbada por operativos del ICE que han cobrado vidas y tensionado la relación bilateral, poniendo a prueba nuestra capacidad de diálogo.
No obstante, esta “vuelta a la normalidad” no debe ser motivo de desaliento, sino un llamado a la acción. No necesitamos volver a la pasividad del espectador. La energía que dedicamos a gritar un gol debe transmutarse ahora en resiliencia política y compromiso ciudadano. Enfrentar estos desafíos —la inestabilidad económica, las tensiones diplomáticas y las crisis humanitarias— requiere dejar de lado el espejismo de la euforia y abrazar la responsabilidad de participar activamente en la construcción de nuestro futuro. La normalidad es difícil, sí, pero es aquí, en la arena real, donde se definen los verdaderos destinos.
Seguimos en conexión.