“La Odisea” (2026) es maximalismo fílmico puro. En el flamante _opus_ de Christopher Nolan (“Memento”, “El origen”) todo es de gran escala: cada plano es un espectáculo en sí mismo. Su adaptación del poema homérico es grandilocuente no solo por el formato de producción (IMAX de 70 mm), sino por la propia factura interna de la película: es un triunfo técnico y estético en todos los frentes, una experiencia que vuelve a poner en la pantalla grande al viejo Hollywood de las producciones épicas y las acciones dramáticas inabarcables.
Tras los eventos de la guerra troyana, Odiseo (Matt Damon) y su tripulación desean volver a casa. Sin embargo, el regreso no será sencillo: tendrán que afrontar los embates de los hombres, los dioses, los augurios aciagos y la naturaleza en el periplo más épico de la literatura universal. Nuestro protagonista vivirá toda clase de vicisitudes con tal de volver a los brazos de su amada Penélope (Anne Hathaway), quien es cortejada salvajemente por una horda de pretendientes.
A un año de que la más reciente adaptación de la obra de Homero llegase a los cines mexicanos, con Ralph Fiennes como Odiseo/Ulises y Juliette Binoche como Penélope, aparece el titán fílmico de Nolan. La adaptación previa, dirigida por Uberto Pasolini, ofrece una lectura desnuda, modesta y más orientada a la poética y la emoción. Quien haya visto ya ambas versiones, podrá notar que son lecturas distintas y con ambiciones contrastantes. Nolan apuesta por reventar las pupilas del espectador.
Resulta interesante y aplaudible, en todo caso, que Nolan ofrezca una lectura editorializada del poema clásico: para muchas personas, el director de “Oppenheimer” se ha “salido de la raya” con su lectura, sobre todo con su elenco (de primera categoría y sin fisuras histriónicas); Nolan ha puesto el dedo en la llaga de los puristas (¿puristas de qué?) al “ficcionar” a fondo una ficción y al “hiperbolizar” algo que ya era rimbombante _per se_, al llevar su fantasía hasta el paroxismo. Ya este año, con otra película, habíamos tocado este tema: es prerrogativa de quien hace cine “fantasear”; el cine nos ofrece, entre otras cosas, la opción de imaginar “otras posibilidades” y, sobre todo, de contar o retratar las cosas de manera diferente a como ya se han hecho antes. Tú, como espectador, tienes siempre la opción de decir “sí” o “no” a lo que un cineasta propone. Pero, ¿cómo decirle que no a Nolan si nos ha traído el gran divertimento del verano, un acto total de cine de consumo masivo y comercial?
Del mismo modo, el realizador propone una reflexión (fugaz, tristemente) sobre el poder devastador de la guerra, sobre aquellos que pagan el costo de pugnar por la destrucción del otro. Atravesando las membranas del recuerdo y el olvido, de la culpa que germina ante la ausencia y ante la enunciación de la familia que se dejó atrás para ir a una guerra, Nolan nos invita a pensar en la ética detrás de la destrucción ajena, del acto de matar a la otredad; nos invita a pensar en lo mucho que pierden quienes pelean en el campo de batalla en pos de una victoria bélica, en el imparable ciclo de devastación en el que llevamos atorados desde siempre como especie. Aun así, tengo que reconocer que el espectáculo devora al discurso con el apetito de un cíclope insaciable.
En fin, “La Odisea” es cine de entretenimiento de primera categoría, fulminante, del que te arrebata el aliento con sus portentosas imágenes y con su fantasía heroico-nostálgica. Como ya se ha visto tras sus primeros días en cartelera, está gustando… y mucho.