Esta columna es la continuación y final de la columna de la semana pasada, la cual puede consultar al final de la presente. El tema hoy versa sobre los cambios de mentalidad y conducta de las mujeres que sufrían violencia y participaron en el estudio de ochos semanas.
Las mujeres participantes en el estudio cambiaron su perspectiva de su situación.
El solo hecho de participar en el estudio de violencia se asoció con notorios cambios en la forma de percibir su situación y en la toma de decisiones importantes. Aclaro que los cambios pudieron conocerse debido a las entrevistas de seguimiento, es decir, la parte cualitativa del estudio. Este solo hecho nos habla de la importancia de incluir exploraciones abiertas cualitativas que recogen significados, y no solamente lo que se puede poner en números.
Enumero los cambios detectados:
1. Las mujeres se sintieron más seguras durante el estudio. Seis mujeres reportaron que el estudio les sirvió de oportunidad para compartir sus sentimientos desagradables y el estrés. Subrayo compartir porque está íntimamente ligado con la labor que todo buen médico general/familiar hace con sus pacientes. No es posible “compartir” sin algún grado de genuina ecuanimidad compasiva.
2. Nueve mujeres vieron al estudio como una confrontación con su realidad, lo que les dio una ganancia en la percepción de su situación. Para mí, esto nos habla del enorme valor de tener un profesional que se ha ganado la confianza de las personas y que escucha serenamente, es decir, admite, comparte relatos complejos de sus pacientes. Un malentendido en la medicina familiar/general, es que se crea que “los pacientes solo necesitan que les escuches y ya…”. ¡No! Se requieren formas especiales de escucha. Sin prejuicios, conectarse intersubjetivamente, comprender contextos, compartir sufrimiento y devolver una interpretación que dé luz, coherencia, apoyo. ¿Cómo puede hacerse esto sin una meticulosa formación en el campo intersubjetivo?
3. Cinco mujeres sintieron que su paisaje de vida y conducta cambiaron. En este grupo de mujeres, casi un tercio, su perspectiva de las cosas se transformó. Y eso debe recordarnos que toda investigación en seres vivos produce cambios de algún grado, tanto en los investigados como en los investigadores.
4. Tres mujeres sintieron que tenían una red de apoyo en el exterior al saber que su situación era conocida fuera de casa. Esto ayuda a entender que hay diversas maneras de salir del aislamiento, la soledad. Formas psicológicas, no solo físicas.
5. Ocho mujeres se sintieron apoyadas por el estudio, les dio recursos en forma de consejerías. Se sintieron empoderadas, con más fuerza y autoestima.
6. 35 por ciento de las mujeres dejaron la relación durante o después de su participación en el estudio. Ninguna mujer tenía tenía planes inmediatos para separarse. Este es un cambio inesperado, un efecto no planeado, que en ciencias complejas es identificado como “nueva función emergente del sistema vivo”.
7. Quienes salieron de la relación tenían mayor nivel educativo, y menor ingreso económico (perdían menos con la separación). Y no se habían casado en ceremonias religiosas o civiles.
8. Quiénes dejaron la relación parecen pertenecer al grupo con violencia más predecible. El contacto personal con los investigadores, creo yo que fue un factor importante.
La violencia de pareja no es lineal simple, sino compleja
Los autores consideraron que la violencia puede cambiar en el tiempo, y que no puede aplicarse una sola teoría a lo largo de la relación. También es posible que ninguna teoría aplique a cada pareja en todos los ambientes. Las historias de vida particulares, sus experiencias desde la niñez, pueden crear diferentes interacciones con estresores y alterar los umbrales que disparan la violencia. Podría haber más de tres tipos de parejas, de hecho el papel de la mujer en la violencia es importante. Otra interpretación es que podría ser que ninguna teoría de las tres revisadas sea correcta. Todo esto hace muy incierto el tipo, intensidad y momento de cualquier intervención externa.
Los autores sugieren la necesidad de ubicar los atractores de cada patrón de violencia de pareja (es decir, identificar los hechos o momentos muy relacionados con la violencia). Así se podría intentar transformar esos atractores hacia cambios benéficos. En el caso de los patrones caóticos que podrían depender mucho de las interacciones maritales, la identificación de sus atractores y sus disyuntivas ayudaría a intervenciones específicas; la consejería marital (terapia de pareja) podría ayudar. La VP generada alrededor del control de la pareja es muy desafiante. Requiere de intervenciones multinivel, en el hogar, la familia extendida y la comunidad; incluso exposición a modelos de rol. En suma, Katerndahl hace un valioso aporte de la violencia de pareja como un sistema adaptativo complejo que supera los enfoques simples de “una causa un efecto”.
Conclusiones
La violencia de pareja es un fenómeno con múltiples variables, muy cambiante, con muchos subtipos y sin una sola teoría unificada que pueda explicar todos los casos. Este solo hecho debe advertir al buen médico general/familiar y al sistema de salud, a no promover acciones genéricas indiscriminadas porque sus efectos son impredecibles.
Los especialistas en medicina familiar mexicanos formados en el “El estudio de la salud familiar”, deberían asumir que toda intervención en los núcleos familiares conlleva cambios perceptivos en direcciones múltiples, y la posibilidad de conductas emergentes. Por lo que no deberíamos olvidar el principio hipocrático de “primero no dañar”. La medicina familiar y la terapia familiar o de pareja son profesiones diferentes que no deberían confundirse.
Posibles acciones en medicina general/familiar ante la violencia de pareja
Cuando un médico general/familiar sospecha que existe VP, puede pedir a las mujeres que lleven un diario de registros de pleitos verbales, formas de control que perciben, y violencia física y que lo asocien con un disparador a su criterio. Esto que es parte del estudio que comenté, daría cierta luz acerca de los patrones específicos en la paciente concreta. La otra parte es la necesidad de recursos sociales, instituciones públicas que protejan a las mujeres y a los niños, para poder dirigir ahí a estas pacientes. La terapia de pareja está fuera de mi alcance como médico general/familiar. En los casos que he tenido, trato de que la pareja distinga sus conflictos de la relación con sus hijos, y que cualquier cosa que decidan debe tener como base el cuidado de sus pequeños. La violencia en parejas del mismo sexo, o la discriminación intrafamiliar por razones de género es más complejo aún y no está incluido en el trabajo de Katerndahl. También, debe aceptarse que hay violencia contra la parte masculina en un número reducido de casos. Hay mucho por estudiar, pero al médico general le corresponde la detección, el seguimiento, pero no la terapia de pareja.
(1). Katerndahl, D. A. (2013). Understanding intimate partner violence through its dynamics. En J. P. Sturmberg, & C. M. Martin, Handbook of systems and complexity in health (págs. 335-354). New York: Springer.