Dice mi papá que la confianza se gana con muchos años, pero se puede perder en un día. En un país como el que tenemos, construir confianza entre ciudadanía y gobierno se ha convertido en uno de los grandes retos para gobernar. Ejemplos de malos gobiernos alrededor del país han mermado el ánimo colectivo y muchas personas han perdido la esperanza en sus gobiernos.
¿Qué sucede cuando dejamos de confiar? Hoy existe bastante evidencia sobre las consecuencias de vivir en sociedades donde existe poca confianza en sus instituciones. Disminuye la participación ciudadana, se debilita la cooperación colectiva y comienza a aparecer ese destructivo argumento: “¿para qué cumplo si nadie más lo hace?”.
Una ciudad requiere de acuerdos cotidianos para sostenerse: desde cuidar un parque, no tirar basura o respetar las reglas de tránsito. Cuando desaparece la confianza, se debilita también la disposición ciudadana para hacer nuestra parte.
En Zapopan, durante los últimos años, hemos entendido que contribuir a construir confianza entre ciudadanía y gobierno comienza desde lo pequeño y desde los resultados. No desde los discursos demagógicos, sino en el día a día, con constancia, congruencia y haciendo que las cosas funcionen. Porque generar confianza no significa la ausencia de crítica, sino contar con instituciones capaces de escuchar y responder.
Pensemos en lo que sucede alrededor de nuestra ciudad: cuando nos movemos por las calles y no notamos algún servicio faltante; cuando el pavimento está en buenas condiciones, la calle está limpia o la colonia se siente segura. Cuando dejamos de notar que las cosas funcionan porque se han vuelto parte de la vida cotidiana.
Pero una ciudad que funciona no necesariamente es aquella en la que nunca falla nada, sino aquella que tiene capacidad para responder cuando algo falla. Pensemos en la persona que reporta un servicio y se le atiende al día siguiente, o en quien realizó un trámite municipal y recibió una atención pronta y oportuna. La confianza se construye ahí: cuando sabemos que, ante un problema, habrá alguien del otro lado dispuesto a escuchar, responder y resolver.
El resultado, a su vez, es positivo. Cuando hay confianza, las personas se saben con voz y participan, invierten su tiempo y cuidan lo que es común. Se transforma entonces en un círculo virtuoso, donde además la toma de decisiones refleja las necesidades reales de la ciudadanía.
Probablemente ese sea uno de los mayores retos de cualquier gobierno: entender que la confianza no se pide ni se consigue con un discurso. Se construye dando razones para creer que las cosas pueden funcionar.
Al final, mi papá tiene razón. La confianza puede tardar años en construirse y perderse en un día. Por eso, para un gobierno, no basta con haberla ganado alguna vez. Hay que volver a ganarla todos los días.