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Laura Castro Golarte
Laura Castro Golarte
"Laura Castro Golarte es periodista independiente y activa desde hace más de 40 años; politóloga y doctora en Historia Iberoamericana por la Universidad de Guadalajara. Es autora de varios libros. "

Democracia iliberal

3 agosto 2026
|
05:00
Actualizada
12:23

Aunque es un concepto que se acuñó hace casi 30 años, en 1997, no se ha difundido lo suficiente como para que existan consensos, disensos, discusiones abiertas y asociaciones pertinentes, vigentes, más allá de círculos académicos y especializados en política. Sin embargo, su significado y características, ahora que las abordaré, estoy segura de que “sonarán” conocidas.

Debo decir que, como historiadora, me he especializado en la historia conceptual, un marco teórico y metodológico sumamente útil e interesante para identificar procesos históricos y políticos con base en conceptos fundamentales como, por ejemplo: Estado, democracia, libertad, pueblo, entre muchos otros. No hablaré de la teoría como tal, pero sí quiero compartir que estoy cursando la Escuela de Verano de El Colegio de México donde, justamente, nos llamaron la atención sobre este concepto: democracia iliberal, ya cuestionado, por cierto, porque hay posturas que afirman que se trata de un contrasentido. Y bueno, sí, podríamos coincidir, pero este “contrasentido” o contradicción implícita es realmente lo que implica la práctica de la democracia iliberal identificada por algunos, abiertamente como un régimen.

El concepto lo introdujo el politólogo y periodista indoestadounidense Fareed Zakaria en un ensayo publicado el 1 de noviembre de 1997 en la revista “Foreign Affairs” (vol. 76, núm. 6) y es hasta hace poco, relativamente, que empezó a ampliarse el estudio y discusión en torno a él, como dije, en ámbitos académicos.

¿Qué es la democracia iliberal? Muy fácil, es contraria a la democracia liberal, no obstante, por lo general no se tiene muy claro del todo. Para eso, hay autores ahora que se remiten a recordar qué es el liberalismo conservador y qué, el moderno, porque están estrechamente vinculados y se ubican en la base de lo que estamos viviendo ahora, sí, es un fenómeno en curso.

El liberalismo conservador –sin jiribilla política, son descripciones– nace de una tradición política antimoderna, racionalista que, históricamente, no concibe a la democracia como algo positivo, al contrario, la percibe como un riesgo de que las mayorías accedan al poder o sean representadas; y no está de acuerdo con las libertades civiles, las prohíbe, las limita y/o las reprime. Este liberalismo conservador es el origen del neoliberalismo que, como sabemos, tiene como prioridad limitar, hasta casi desaparecer, al Estado.

El liberalismo moderno, en cambio, favorece las libertades individuales: expresión, asociación, religión… Ubica en primerísimo lugar el Estado de derecho, el apego a procedimientos y reglas legales para regular la forma en que los individuos pueden acceder y/o participar en la configuración de los gobiernos. El liberalismo moderno es opuesto al neoliberalismo.

Uno de los teóricos clásicos en estos temas es Giovanni Sartori, italiano, quien describe la relación entre democracia y liberalismo. El primero se refiere a la igualdad de la sociedad y, el segundo, a las libertades de los individuos, como un ideal. Ambos elementos están amenazados ahora por prácticas que, justo, llevaron a la ideación del contraconcepto de democracia liberal, es decir, democracia iliberal. Las características de la segunda son las que se podrán identificar claramente, tenemos un ejemplo cercano, más de lo que quisiéramos.

Una característica es que los gobiernos ejercen control sobre las elecciones y, en consecuencia, no hay certeza sobre la limpieza y legalidad de los comicios (fraude, manipulación, cooptación de los órganos electorales, desconocimiento de resultados…). Otra es la predominancia de la corrupción en el aparato de gobierno y del clientelismo en las relaciones entre el Estado y grupos de la sociedad ávidos de privilegios y favores.

Una tercera característica de la democracia iliberal es que los medios de comunicación son acosados y/o controlados de plano. Y, entre otras, quizá la más preocupante, es que los gobernantes de una democracia iliberal, que llegaron ahí por una vía democrática, por elecciones muy probablemente limpias, usan a las instituciones democráticas del Estado para, parapetados en ellas, emprender acciones antidemocráticas: desconocer o burlar la separación de poderes (órdenes ejecutivas que se sobreponen al poder legislativo, por mencionar un ejemplo) para debilitarla, lo mismo que el Estado de derecho y las libertades civiles con el propósito de concentrar poder y más poder (Ruzha Smilova, 2025).

Noticias de acoso a medios, intentos de censura, cero rendición de cuentas, amenazas, oposición prácticamente anulada, movilizaciones sociales reprimidas con violencia, entre otras, persecución y campañas de desprestigio contra opositores, desdén de procesos judiciales, nos llegan del vecino país del norte un día sí y otro también, sin contar las prácticas antidemocráticas en el entorno planetario. No es el único, sin embargo, específicamente sobre el hombre anaranjado Smilova escribió: “Durante su segundo mandato, Donald Trump podría estar siguiendo el mismo guion: armado con una sólida legitimidad popular, su equipo está erosionando sistemáticamente las normas e instituciones constitucionales y, por lo tanto, pretende convertir a Estados Unidos en un régimen iliberal”. Está sucediendo.

En el mismo artículo, la académica nombra a otros: “El menguante apoyo a los derechos de las minorías, al pluralismo y al gobierno limitado, a los mercados no regulados y al libre comercio global, junto con los crecientes sentimientos mayoritarios, soberanistas y tradicionalistas, proporcionan un terreno fértil para el surgimiento de un nuevo tipo de régimen. Atraídos por alternativas iliberales a la democracia liberal, una veintena de populistas —el primer ministro húngaro Viktor Orbán, el primer ministro indio Narendra Modi, el presidente estadounidense Donald Trump, por nombrar solo algunos— comenzaron a experimentar con la democracia iliberal” (Smilova refiere por lo menos a tres académicos con los que coincide en estas afirmaciones: Ganguly, 2019; Plattner, 2020 y Shattuck, 2018).

Hay un consenso en el mundo democrático actual, en torno a la idea de que la democracia liberal está amenazada por prácticas como las descritas y porque, tanto el liberalismo conservador como el moderno, corren el riesgo de caer en la tentación del autoritarismo. De hecho, se habla de un cambio de época y un sistema democrático en crisis a nivel global.

Podemos coincidir o no en que atravesamos por tiempos de cambio, sin embargo, es importante tener una idea, aunque sea somera, de procesos en curso que, como estamos viendo, afectan al mundo entero y, uno de ellos es la instalación de regímenes democráticos iliberales en varios puntos de todo el orbe.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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