El futbol, alguna vez el lenguaje universal capaz de detener guerras y unir a pueblos bajo una misma pasión, parece estar extraviando su brújula. La FIFA, bajo la égida de Gianni Infantino, se ha transformado en algo que se aleja peligrosamente del “juego bonito” que nos enamoró. Hoy, la máxima autoridad del balompié mundial se comporta menos como un guardián del deporte y más como un actor geopolítico de altos vuelos, un estratega de negocios donde la esencia, la fraternidad y la competencia sana han quedado relegadas a un segundo plano.
La gestión actual ha orquestado una mutación profunda. Ya no se trata solo de quién levanta el trofeo, sino de quién puede pagar el derecho a ser sede, de quién garantiza la mayor rentabilidad televisiva y de cómo maximizar las ganancias a costa de la identidad de las selecciones. Lo vimos con la sombra de Qatar y ahora con este proyecto de vender una parte de la estructura del negocio a fondos privados. Estas decisiones causan escozor no solo por el dinero en juego, sino por lo que representan: la mercantilización absoluta de una cultura.
Infantino, con sus movimientos de poder, parece más cómodo en pasillos diplomáticos y despachos de inversión que en la cancha. Su actuar trasluce la figura de un líder que se mueve por influyentismos, donde la lógica del mercado ha colonizado la ética deportiva. Al convertir el futbol en un tablero de ajedrez geopolítico, la FIFA ignora que, cuando se prioriza el beneficio desmedido, se debilita el vínculo emocional que mantiene vivo este deporte.
La esencia del futbol no reside en los balances financieros ni en los derechos de transmisión millonarios; vive en el orgullo de una bandera, en el sudor de un jugador que representa a su gente y en la esperanza incondicional de una afición. Si la FIFA insiste en vender su alma al mejor postor, corre el riesgo de convertir la pasión en un espectáculo frío, un simple producto de consumo masivo que terminará por alienar a sus verdaderos dueños: los hinchas. Es urgente recuperar la cordura, recordar que el futbol es una herramienta de unión, no una moneda de cambio para los intereses del capital privado. Si el tablero sigue dominado por los negocios y no por los valores, es probable que terminemos viendo un juego vacío, donde ganará el mercado, pero perderá, irremediablemente, la afición.
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