Hay obras de arte que uno contempla durante unos minutos. Y hay otras que, sin pedir permiso, terminan observándonos a nosotros.
Hace algunos años entré a un museo con la intención de recorrer los recintos de un antiguo palacio. Caminé con prisa entre las salas hasta que una pintura me obligó a detenerme. No recuerdo cuánto tiempo permanecí frente a ella. Lo que sí recuerdo es que, al salir, el mundo parecía distinto. La ciudad seguía siendo la misma, mis preocupaciones también, pero algo había cambiado en mi forma de percibirlas. No había aprendido un dato nuevo; había adquirido una perspectiva diferente.
Durante mucho tiempo pensé que aquello era simplemente una experiencia emocional. Hoy sé que también fue un fenómeno biológico. Nuestro cerebro no observa el arte como quien mira un objeto cualquiera. Frente a una obra significativa se activan simultáneamente circuitos relacionados con la recompensa, la memoria, la empatía y la regulación emocional. La dopamina participa en esa sensación de fascinación; la corteza orbitofrontal evalúa el significado de la experiencia; la ínsula conecta la emoción con las sensaciones corporales, y múltiples redes cerebrales dialogan para construir aquello que solemos llamar “conmoverse”. El arte, literalmente, reorganiza la conversación entre distintas regiones del cerebro.
Este conocimiento ha dado origen a un campo emergente conocido como Neuroestética, que estudia cómo nuestro sistema nervioso percibe y responde a la belleza, la creatividad y las experiencias artísticas. Más allá de comprender qué ocurre en el cerebro, esta disciplina ha impulsado el desarrollo de las Neuroartes: un enfoque que utiliza la música, la danza, las artes visuales, la escritura y el teatro como intervenciones fundamentadas en evidencia científica para promover la salud y el bienestar.
Lo fascinante es que ya no hablamos únicamente de inspiración o sensibilidad. Diversos estudios muestran que las experiencias artísticas pueden disminuir los niveles de cortisol, modular la respuesta al estrés, favorecer la neuroplasticidad e incluso complementar la atención de enfermedades como el Parkinson. La medicina comienza a reconocer algo que artistas y filósofos intuían desde hace siglos, la estética vista a través de las artes también puede ser una forma de cuidado.
Quizá donde este conocimiento resulta más esperanzador es entre las juventudes. Vivimos en una época marcada por la sobreestimulación digital, la inmediatez y el aumento de problemas relacionados con ansiedad, aislamiento y desgaste emocional. Frente a ello, las Neuroartes representan mucho más que una actividad extracurricular: ofrecen espacios donde los jóvenes desarrollan creatividad, atención, empatía, pensamiento crítico y sentido de pertenencia. Crear, interpretar o contemplar arte, fortalece habilidades cognitivas y socioemocionales indispensables para enfrentar un mundo complejo.
Tal vez aquella pintura que cambió mi perspectiva nunca pretendió hacerlo. Simplemente estaba ahí, esperando a que alguien se detuviera lo suficiente para transformar algo dentro de nosotros.
Quizá ese sea una de los aprendizajes más importantes de las Neuroartes: el arte no solo decora escuelas, iglesias o museos; también puede fortalecer cerebros, cuidar emociones y construye comunidades más saludables. Por esta razón, el Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidad de Guadalajara, cuenta con el Centro Cultural Atkinson, único en su tipo que construye y transforma a la comunidad hacia el bienestar.
Si he logrado despertar tu curiosidad con este tema, una lectura altamente recomendable es “Tu cerebro quiere arte: cómo el arte nos transforma”, de Susan Magsamen e Ivy Ross. Es una obra que invita a mirar el arte no solo con los ojos, sino también con el cerebro y el corazón.