La llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia de Colombia no solo representa un cambio de gobierno, sino un caso relevante de reposicionamiento político en la región. Su discurso de toma de posesión, centrado en la idea de una “nueva Colombia”, no es casual, responde a una estrategia clara de construcción de marca país bajo un liderazgo que busca diferenciarse de su predecesor de izquierda, Gustavo Petro, y conectar con segmentos específicos del electorado.
Desde la lógica de la comunicación política, De la Espriella ha definido con precisión sus ejes narrativos. El primero es la libre empresa, presentada no solo como modelo económico, sino como símbolo de libertad individual, progreso y movilidad social. Este encuadre permite asociar su figura con aspiraciones de crecimiento y éxito personal, apelando particularmente a clases medias, emprendedores y sectores productivos. Más que una propuesta técnica, se trata de un relato aspiracional que traduce economía en esperanza.
El segundo eje es su cercanía con la Iglesia y los valores tradicionales. Esto configura una identidad ideológica clara que fortalece la lealtad de un segmento conservador, ofreciendo certidumbre en un entorno percibido como cambiante. Esta narrativa no solo moviliza emociones como la pertenencia y la estabilidad, sino que también simplifica el mensaje político al anclarlo en referencias culturales profundamente arraigadas.
Un tercer componente clave es el contraste. Toda marca política necesita un “otro” frente al cual diferenciarse, y De la Espriella lo ha logrado posicionándose como alternativa a modelos intervencionistas o progresistas. Este contraste facilita la polarización del debate, pero también clarifica la oferta política: menos Estado, más mercado; menos relativismo, más valores definidos. En comunicación, la claridad vende, y su equipo parece entenderlo.
No obstante, el verdadero reto de esta estrategia radica en la consistencia entre mensaje y resultados. En mercadotecnia política, la promesa es solo el inicio; la experiencia del “usuario ciudadano” determina la sostenibilidad de la marca. Si la narrativa de prosperidad no se traduce en mejoras tangibles —empleo, seguridad, oportunidades—, el posicionamiento puede erosionarse rápidamente.
Asimismo, el gobierno deberá gestionar la ampliación de su base sin diluir su identidad. Una marca demasiado rígida corre el riesgo de excluir audiencias, mientras que una demasiado flexible pierde credibilidad. El equilibrio entre coherencia ideológica y apertura será fundamental para consolidar su liderazgo.
El gobierno de Abelardo de la Espriella citó a Adolfo Suárez, expresidente español, recuperando su conocida expresión: “Puedo prometer y prometo”, refiriéndose a la profunda regeneración nacional que realizará con el fin de transformar instituciones y reforzar la seguridad (ha iniciado de la mano de las fuerzas militares) y la confianza en la economía de Colombia, que avanzará hacia un nuevo modelo de gobierno.
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