Llegar al 11 de agosto del 2026 a tan solo cinco homicidios de igualar la estadística del terrible mes de agosto del año anterior, representa una señal que no puede pasar inadvertida para Jalisco. Más allá de la comparación numérica, el dato obliga a realizar una evaluación seria sobre la capacidad que actualmente tiene el Estado para contener la violencia y, principalmente, sobre lo que puede ocurrir durante los meses que todavía restan del año.
El homicidio constituye uno de los indicadores más importantes para evaluar las condiciones de seguridad de una entidad. A diferencia de otros delitos que pueden presentar variaciones relacionadas con la denuncia o la cifra negra, la pérdida de vidas permite observar con mayor claridad el nivel de violencia que enfrenta una sociedad.
Por ello resulta preocupante que, encontrándonos apenas a 11 de agosto, la diferencia respecto de la estadística del mes de agosto completo anterior, sea únicamente de cinco homicidios. No estamos frente a una cifra que deba analizarse al finalizar el año, sino ante una advertencia que requiere atención desde este momento.
A esto se suma una realidad que durante mucho tiempo se ha intentado minimizar desde el discurso institucional: la percepción de inseguridad de la ciudadanía. Con frecuencia, las autoridades recurren a estadísticas generales para sostener que determinados delitos han disminuido; sin embargo, la seguridad no puede evaluarse exclusivamente desde los números que resultan favorables.
La percepción ciudadana tampoco surge de manera espontánea. Se construye a partir de lo que las personas viven, observan y conocen en su entorno: homicidios, desapariciones, privaciones de la libertad, extorsiones y otros hechos violentos que inevitablemente modifican la manera en que una sociedad desarrolla su vida cotidiana.
Minimizar esa percepción representa también un riesgo institucional. Cuando existe una distancia considerable entre lo que las autoridades comunican y lo que la población experimenta, comienza a deteriorarse uno de los elementos fundamentales de cualquier política de seguridad: la confianza en las instituciones.
La realidad es que Jalisco atraviesa una situación que debe ser considerada grave para la ciudadanía. Reconocerlo no significa desconocer los avances que puedan existir en determinados indicadores ni descalificar el trabajo realizado por las instituciones. Significa aceptar que la seguridad pública no puede medirse seleccionando únicamente aquellas cifras que permiten construir un escenario favorable.
Durante las últimas semanas, distintos episodios de violencia han colocado nuevamente el problema de los homicidios en la discusión pública. Su comportamiento obliga a revisar no solamente la capacidad de reacción de las autoridades, sino también las políticas de prevención, inteligencia e investigación destinadas a identificar y contener los factores que están generando estos hechos.
El Mundial dejó un antecedente que abona a esta discusión. Durante su desarrollo existió un despliegue extraordinario de seguridad y coordinación entre autoridades que permitió mantener mayores condiciones de vigilancia y control. Sin embargo, una vez concluido el evento, volvieron a presentarse hechos violentos que incrementaron la preocupación social.
El señalamiento no consiste en responsabilizar al Mundial del comportamiento de la violencia. El contraste permite advertir algo distinto: cuando existe concentración de recursos, coordinación institucional, inteligencia y presencia operativa, el Estado demuestra que cuenta con herramientas para fortalecer las condiciones de seguridad.
La discusión debe centrarse entonces en la permanencia de esas capacidades.
La seguridad pública no puede depender de circunstancias extraordinarias ni de eventos que justifiquen temporalmente una mayor presencia del Estado. La protección de la población exige estrategias sostenidas y, principalmente, capacidad para reaccionar cuando los indicadores comienzan a mostrar señales de deterioro.
Jalisco todavía tiene por delante septiembre, octubre, noviembre y diciembre. Cuatro meses que pueden modificar considerablemente el resultado final del año y que hacen todavía más relevante la advertencia que hoy tenemos frente a nosotros.
También será indispensable analizar las circunstancias en las que se están produciendo estos homicidios. No todos responden a una misma dinámica criminal y, por lo tanto, tampoco pueden enfrentarse mediante una estrategia uniforme. Identificar territorios, patrones, víctimas, estructuras delictivas y causas permite diseñar políticas de seguridad mucho más precisas que limitarse a incrementar la presencia policial después de cada hecho violento.
El objetivo tampoco puede reducirse a evitar que una estadística sea superada. La obligación del Estado es disminuir de manera sostenida la violencia, prevenir nuevos delitos y garantizar condiciones de seguridad para la población.
Porque cuando faltan solamente cinco homicidios para igualar una estadística anterior y todavía restan 2/3 partes del mes y más de cuatro meses del año, la discusión no debería concentrarse en cómo presentar los números, sino en qué se está haciendo para evitar las siguientes víctimas.
Las cifras son necesarias para evaluar resultados y la percepción ciudadana también lo es para comprender la realidad. Cuando ambas comienzan a advertir que existe un problema, la responsabilidad de las autoridades no es minimizarlo, sino reconocerlo y actuar antes de que la violencia continúe avanzando.