Quienes atestiguamos en su momento la promulgación de la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres, y de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, conocemos de primera mano la expectativa que generan para acabar con la desigualdad y la violencia de género. En 2006 y 2007 fueron marcos normativos diseñados para marcar un antes y un después. Sin embargo, los años han demostrado que a pesar de muchos avances, la impunidad es el lastre que impide su óptima operación. Aun con la vasta transferencia de recursos que hubo algunos años atrás hacia estados y municipios, no ha logrado detener la hemorragia de la violencia feminicida.
Hoy, la llegada de la iniciativa para la Ley General en Materia de Feminicidio vuelve a poner el foco en preguntarnos sin finalmente detendremos la violencia feminicida como uno de los muchos pendientes que el Estado tiene con las mujeres. Homologar el delito a nivel nacional, fijar penas severas de hasta 70 años y obligar a investigar toda muerte violenta de una mujer bajo la hipótesis de feminicidio son aciertos jurídicos que corrigen vacíos históricos. Sería una ingenuidad asumir que la ley, por sí sola, resuelve la crisis.
Si desde el discurso oficial del gobierno federal se enarbola la bandera de la “profunda transformación”, es imperativo aplicar esa misma máxima al ámbito donde la justicia verdaderamente se fractura: en el sistema de impartición y procuración de justicia. La herida social de la inseguridad que viven las mujeres no se cura únicamente redactando nuevos códigos, sino desmantelando los vicios de origen de las instituciones encargadas de aplicarlos.
Una transformación sustancial en esta materia exige tres pilares impostergables: Un sistema judicial e investigador incorruptible, porque de nada sirve un catálogo unificado de agravantes si los ministerios públicos y jueces locales operan bajo complicidades, presiones políticas o acuerdos de impunidad; recursos operativos y presupuestales reales, para que las fiscalías estatales tengan laboratorios periciales dotados, personal con salarios dignos y capacidades operativas para integrar carpetas de investigación sólidas que no se caigan en los tribunales; y por supuesto, servidores públicos genuinamente sensibilizados no solo desde la perspectiva de género y justicia en un taller obligatorio de un par de horas, sino desde un estándar ético y profesional indispensable para mantener el cargo.
La creación de la Ley General de Feminicidio debe ser la pieza que destrabe el cuello de botella que el sistema de justicia tiene para garantizar una vida libre de violencia. Seguimos siendo puntero mundial en niñas y mujeres que desaparecen, que son asesinadas y orfandad por feminicidio. Es ahora o nunca.