López Obrador decidió medir fuerzas abiertamente con la presidenta Sheinbaum y, aunque en primera instancia pareciera contenido, el reto sigue abierto.
La decadencia del obradorismo como proyecto transexenal comenzó con la extracción de Ismael “El Mayo” Zambada en el ocaso del sexenio pasado: la elocuente despedida que la DEA, la CIA y el FBI le recetaron a Obrador. Desde entonces, la acumulación de testimonios en el Departamento de Justicia estadounidense ha cercado al entorno del expresidente, reconfigurando la correlación de fuerzas de cara al futuro.
Por un lado, el delfín dinástico, Andrés Manuel López Beltrán, ha visto descarrilar sus aspiraciones hacia la jefatura de la CDMX o la presidencia. Marginado de la operación real del partido entre señalamientos de corrupción y huachicol, la carta ventilando el retiro de su visa es el manotazo de un proyecto herido.
En contraste, Omar García Harfuch —vetado por AMLO en 2024 para imponer a una obradorista pura en la capital—, fue arropado en Argentina por el titular de la DEA y quien semanas antes sentenció ante el Congreso estadounidense que en México el narco prospera bajo protección política, perfilándose con el visto bueno de Washington como la carta fuerte del claudismo hacia la sucesión presidencial.
La provocación provino de Sinaloa: el retorno de Rocha Moya no contó con el aval presidencial. Resulta inverosímil que tanto Andy como Rocha hayan tomado decisiones de ese calibre sin el respaldo directo del expresidente. El rechazo unánime de la dirigencia de Morena, Gobernación y los gobernadores guindas, refleja el realineamiento de fuerzas en favor de la presidenta.
En lo local, Jalisco reproduce con fidelidad este desmoronamiento. La dirigente nacional de Morena —de filiación claudista— vino a la Entidad a exigir disciplina y vetar a perfiles con antecedentes criminales. Fue un dardo directo contra Carlos Lomelí, de quien está documentado el pago millonario al Tesoro estadounidense para librar acusaciones de narcotráfico y a quien se vincula políticamente con Adán Augusto López, señalado por presuntos nexos con La Barredora de Tabasco. Pese a la advertencia, Lomelí se destapó junto a la dirigencia estatal, en un paralelismo evidente con la insubordinación de Rocha Moya y con un resultado igualmente predecible.
La marcha atrás obligada de Rocha es un triunfo temporal para Sheinbaum, pero el desafío mismo retrata la soberbia y la ambición de Obrador: no se trataba de devolver el cargo a un gobernador –un mero peón en la verdadera lucha por el poder–, sino de demostrarle a la mandataria que no puede gobernar sin el ala dura obradorista y su líder.
Por ello, cada línea del mensaje presidencial que precipitó el repliegue de Rocha adquiere una resonancia que trasciende al mandatario sinaloense: “Ningún interés personal puede estar por encima de los intereses de la Nación. Y menos cuando lo que se pretende colocar por encima de México es la ambición desnuda del poder por el poder”.
Demasiada densidad conceptual y peso político para agotarse en la figura de un gobernador debilitado al frente de un Estado en llamas.