Como comunicador, no puedo dejar de preguntarme: ¿Qué sociedad estamos construyendo mientras nuestros jóvenes pasan cada vez más horas frente a una pantalla?… La tecnología llegó para facilitarnos la vida, conectar personas y abrir enormes posibilidades de aprendizaje. Pero cuando una herramienta comienza a ocupar el lugar de la convivencia, la conversación, el juego, el descanso y la atención, tenemos un problema que ya no podemos ignorar.
La problemática que enfrenta Meta, la poderosa compañía de Mark Zuckerberg, que está ahora en medio de pagos millonarios que ascienden a 17,100 millones de dólares, relacionados con los posibles efectos creados por Instagram y Facebook en niños y adolescentes, debería servirnos como una llamada de atención.
Se habla de afectaciones en la salud, la concentración y el aprendizaje. Hay un dato que resulta particularmente preocupante: existen niños que pueden llegar a pasar hasta 16 horas al día frente a pantallas.
La pregunta inevitable es: ¿Cómo llegamos hasta aquí?
No se trata de declarar una guerra contra la tecnología ni de demonizar las redes sociales; sería absurdo. La tecnología es necesaria y forma parte de nuestra vida cotidiana y debemos de usarla. El verdadero desafío está en establecer límites y, sobre todo, en enseñar a nuestros hijos a relacionarse con ella de manera responsable. Tal vez Mark deba poner en práctica sus tres principios para el éxito para salir de esta evetualidad. La misión, la adaptabilidad y el enfoque.
¿Quién debe regular este fenómeno? La respuesta no puede recaer exclusivamente en las empresas tecnológicas ni en los gobiernos. También corresponde a las familias, las escuelas y a la sociedad en su conjunto. Los padres necesitamos recuperar nuestro papel como acompañantes y establecer horarios y espacios libres de pantallas. En tanto, las escuelas deben fortalecer la educación digital y enseñar a los alumnos a comprender los riesgos de un consumo excesivo.
Protagonistas fundamentales de esta historia son las plataformas que tienen la mayor responsabilidad. Si sus algoritmos están diseñados para mantener al usuario conectado el mayor tiempo posible, debemos preguntarnos si resulta ético aplicar la misma lógica cuando el usuario es un niño o un joven.
Por lo pronto, la empresa ha prometido establecer reglas. Límite de uso diario de dos horas, bloqueo nocturno desde medianoche a las 6:00 A.M. y ocultar el contador de “me gusta”.
La solución no es prohibir el futuro, sino ponerle límites al presente.
Como sociedad, tenemos que decidir qué queremos proteger: ¿El tiempo de conexión o el desarrollo de nuestros niños? La tecnología debe estar al servicio de la sociedad, y no la sociedad al servicio de la tecnología.
Seguimos en conexión.