De nuevo el campo viene a la ciudad. Los tractores avanzaron este miércoles por Carretera a Chapala con rumbo definido: la Secretaría de Agricultura federal.
No iban rumbo a la parcela ni cargaban con cosecha. La búsqueda era por certeza, algo que, a estas alturas del ciclo agrícola, ya deberían tener definido.
Los productores reclaman pagos pendientes de la cosecha anterior. El acuerdo alcanzado el año pasado y que les hizo pausar las protestas, estableció un apoyo de 950 pesos por tonelada de maíz: 800 aportados por la Federación y 150 por el Gobierno de Jalisco. Según dijeron, alrededor de mil 500 agricultores todavía no reciben completa la ayuda prometida.
El gobierno estatal asegura que ha entregado 93 por ciento de la parte que le corresponde y atribuye el resto a expedientes incompletos. En realidad, la queja no es tanto hacia el gobierno local. La inconformidad es mayor con la Federación y de ésta no hay cifras que transparenten a cuántos productores ya llegó el apoyo.
La inconformidad no es solo por el maíz cosechado en 2025, también lo es por el de este año. El ciclo en las parcelas está por concluir y los agricultores vuelven a preguntar quién comprará su maíz y bajo qué condiciones.
La petición/exigencia que llevaron a la SADER es que se comercialice primero el maíz producido en México antes de permitir nuevas importaciones. Parece lógico, pero es difícil que se logre debido a los acuerdos del T-MEC. El tratado con Estados Unidos impide, en términos generales, cerrar el paso al maíz estadounidense solo para obligar a comprar el nacional. Además, buena parte de lo que se importa es maíz amarillo que termina industrializado para alimento de ganado y extracción de aceite comestible, mientras buena parte de la producción jalisciense es maíz blanco.
Entonces, ¿nada se puede hacer? En realidad, el gobierno federal sí tiene otras herramientas que no significan cerrar la frontera. Pudiera recurrirse a contratos anticipados, compras públicas, apoyos para almacenamiento y acuerdos con la industria que pueden construirse antes de que la cosecha esté lista, pero para este 2026, otra vez van tarde.
Eso es precisamente lo que sigue faltando: una política que se adelante al problema. El año pasado, las protestas terminaron con la promesa de ordenar la comercialización. Pero hoy, de nuevo, los tractores volvieron a salir.
La movilización no alcanza –por ahora– para implementar una estrategia que deje claro a cada productor qué condiciones encontrará al cosechar lo sembrado.