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14 septiembre 2026
Mario Muñoz
Mario Muñoz
Periodista con más de 25 años de experiencia, especialista en política y administración pública. Conductor en quiero tv. Además labora en Notisistema y El Informador.

Primera llamada…

14 septiembre 2026
|
05:01
Actualizada
21:20

La primera llamada de auxilio ya sonó. Y sería irresponsable hacer como que no la escuchamos.

La advertencia no proviene de cualquiera, de un enemigo de la tecnología ni de alguien que desconozca el potencial de la Inteligencia Artificial (IA). La hizo Dario Amodei, director ejecutivo y cofundador de Anthropic, una de las empresas que están en la primera línea de esta revolución tecnológica. Su petición es tan sencilla como inquietante: hay que desacelerar el desarrollo de la IA antes de que nuestra capacidad para controlarla se quede atrás.

Aquí está la paradoja.

Estamos fascinados con una tecnología capaz de transformar la medicina, acelerar investigaciones, mejorar la educación, automatizar procesos, crear herramientas y resolver problemas que durante décadas parecieron imposibles. La IA puede convertirse en uno de los mayores avances de la humanidad.

Pero precisamente por eso también puede convertirse en uno de sus mayores riesgos.

El problema no es la Inteligencia Artificial. El problema es la velocidad con la que estamos entregándole poder.

Las empresas compiten por construir modelos más capaces, más autónomos y más rápidos. Hay miles de millones de dólares en juego y una presión feroz por no quedarse atrás. En esa carrera, la seguridad corre el riesgo de convertirse en un obstáculo que debe superarse, en lugar de ser una condición indispensable para avanzar.

Amodei advierte incluso sobre sistemas capaces de coordinarse, actuar de manera autónoma y eventualmente generar daños a una escala desconocida. No hace falta imaginar robots dominando el planeta. Basta pensar en algo más cercano: ataques cibernéticos automatizados, manipulación masiva de información, fraudes a escala industrial o sistemas tomando decisiones que sus propios creadores no puedan explicar ni detener.

Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿Quién controla al que controla la Inteligencia Artificial?

Que Sam Altman, director de OpenAI, haya respaldado la propuesta de avanzar a un ritmo adecuado y someter los sistemas a evaluaciones independientes demuestra que la preocupación dejó de ser marginal.

No se trata de apagar la tecnología. Se trata de ponerle freno antes de que necesitemos un freno de emergencia.

La historia está llena de inventos que cambiaron nuestra vida y cuyos efectos secundarios comprendimos demasiado tarde. Con la IA todavía tenemos una oportunidad excepcional: establecer reglas, auditorías, límites y responsabilidades antes de que los acontecimientos nos obliguen a hacerlo después de una tragedia. La peor decisión sería confundir innovación con velocidad.

No todo lo que podemos construir debemos construirlo inmediatamente.

La IA puede hacer mejor nuestra vida. Pero si permitimos que la carrera por dinero, poder y liderazgo tecnológico avance más rápido que la prudencia, podríamos terminar descubriendo demasiado tarde que la máquina no necesitaba rebelarse contra nosotros.

Primera llamada.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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