La semana pasada, Ursula von der Leyen invitó a Canadá a convertirse en el primer “miembro asociado” de la Unión Europea, un estatus que hasta ahora no existía en los tratados comunitarios. La oferta, hecha durante su discurso sobre el Estado de la Unión en Estrasburgo —con Mark Carney sentado en primera fila—, no es un gesto protocolario, es la respuesta de Bruselas y Ottawa a una premisa compartida. Ninguno de los dos confía ya en que Washington sea un socio previsible.
Los vectores del caso:
Vista así, la jugada de Ottawa no es idealismo atlantista: es diversificación de riesgo. Cerca del 70% de las exportaciones canadienses dependen de Estados Unidos, una dependencia que Trump ha usado como arma política. Buscar en Europa un ancla alternativa —aunque sea jurídicamente imprecisa, como reconoce la propia Comisión— es una forma de recuperar margen de maniobra frente a un vecino que dejó de comportarse como socio confiable y empezó a comportarse como poder revisionista.
¿Qué representa entonces esta alianza entre continentes? No un regreso ingenuo a la globalización de los años noventa, sino algo más interesante, la construcción de bloques de conveniencia entre democracias que comparten temor a la imprevisibilidad, más que un mercado común sin fronteras. La globalización que conocimos suponía que el libre comercio uniría al mundo bajo reglas compartidas.
Lo que hoy se dibuja es distinto: una geoeconomía de alianzas defensivas, donde Estados Unidos, la propia potencia que impulsó ese orden multilateral, es ahora percibida como su principal amenaza.
Para México, la lección es incómoda. Compartimos con Canadá el mismo tratado y la misma exposición a Washington, pero no hemos buscado, al menos públicamente, un contrapeso comparable. Si Ottawa logra ese estatus asociado, el T-MEC dejará de ser un acuerdo entre iguales, será una relación entre dos socios, Estados Unidos y México, y un tercero con un pie afuera.
La globalización no vuelve tal como la conocimos. Lo que regresa es la lógica de los bloques, pero ahora impulsada no por el libre mercado, sino por la desconfianza hacia quien antes garantizaba las reglas del juego.
Seguimos en conexión.