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21 septiembre 2026
Laura Castro Golarte
Laura Castro Golarte
"Laura Castro Golarte es periodista independiente y activa desde hace más de 40 años; politóloga y doctora en Historia Iberoamericana por la Universidad de Guadalajara. Es autora de varios libros. "

Independencia, justicia e igualdad

21 septiembre 2026
|
05:00
Actualizada
18:55

El inicio del movimiento independentista de México, del que se acaban de conmemorar 216 años, fue una gesta diferente a la de otras naciones en lo que hoy podemos identificar como América hispana. Por lo general, en la América meridional, es decir, América del Sur, fueron las élites las que iniciaron los procesos y los consumaron, pero en la Nueva España o América septentrional, no.

Claro que hubo élites involucradas, tendría que decir que más que élites, líderes, pero la participación del pueblo, en distintos momentos a lo largo de once años, fue fundamental y es la nota, precisamente, que marca la diferencia.

Resulta que la de México fue la única guerra de Independencia que fue una revolución popular y social y esta característica, constitutiva de una nación emancipada del imperio español que la dominó y saqueó a lo largo de 300 años, de pronto se quiere minimizar o desconocer incluso por algunos historiadores.

Para no dejarlo en el aire, en una obra muy popular editada por una institución cuyo prestigio es incuestionable, “Nueva Historia General de México” de El Colegio de México, se afirma lo siguiente: “Durante mucho tiempo, los historiadores relataron acontecimientos de la segunda década del siglo XIX en Nueva España como la gesta de un pueblo para alcanzar la independencia. Las investigaciones recientes no sostienen ese aserto” (p. 355). Apenas un párrafo para desconocer la participación popular.

Si bien se trata de una obra de divulgación, lo cierto es que habría sido muy generoso de parte de los historiadores autores de ese texto, Alfredo Ávila y Luis Jáuregui, referirse puntualmente a tales “investigaciones recientes”. Tendrían que haber escrito, en todo caso, interpretaciones recientes.

Se afirma, sobre todo, porque en la mayoría de las reconstrucciones de la arenga en Dolores el 16 de Septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo y Costilla gritó “viva Fernando VII” y es muy probable que sí haya sucedido. En el origen del movimiento, muy al principio, el propósito era mantener a la Nueva España a salvo del francés, de Napoleón, y conservarla para el rey una vez que recuperara el trono. Esta idea, por cierto, estuvo en la base de las diferencias entre Hidalgo y Allende primero; y después, entre Ignacio López Rayón y José María Morelos (mientras Hidalgo y Morelos querían la independencia –ambos ilustrados, universitarios, cultos–; Rayón y Allende persistían en la idea de conservar este reino para Fernando VII).

¿Por qué? Porque en unas semanas, sí, semanas, se empezó a acariciar ya la idea de independencia con ese sentido: separación de España, emancipación. De hecho, desde antes, cuando las reuniones de la conspiración de Querétaro, ese fue el planteamiento según se revela en los papeles de Epigmenio González, no sólo separación, sino también igualdad y justicia, demandas sociales.

Otra muestra es la decisión de Hidalgo al entrar en Guadalajara e instalar el primer gobierno insurgente de quitar el retrato de Fernando VII, un hecho documentado por el historiador Jaime Olveda. Es decir, sí, se gritó “viva el rey” pero esta motivación mutó rápidamente en la medida en que el movimiento se fue consolidando y tomando forma, otra forma, una distinta a la de sólo deshacerse de los gachupines que tenían las riendas del gobierno en la Nueva España.

Se conservan proclamas y actas tanto de Hidalgo como de Morelos donde son precisas las posturas a favor de la igualdad y contra las injusticias de tres siglos, había una conciencia clara y expresa sobre la colonia y el despotismo de los reyes. Se planteó la restitución de tierras a quienes habían sido despojados, por ejemplo. Ejecutar esta acción no se podría ni siquiera pensar en un territorio dominado por una nación extraña, como se empezaba a identificar a España.

Historiadores como John Lynch, británico, sin filias ni fobias, afirman que la independencia de México fue la única revolución social y popular de la América hispana porque entre la población había una “conciencia de sí”, un sentimiento de pertenencia al territorio desde hacía siglos y la certeza de las diferencias con respecto a los españoles (por eso tampoco estoy de acuerdo con que la guerra de Independencia fue una guerra civil).

Esa “conciencia de sí”, en cuanto se constituyó México como un país independiente, se transformó en “conciencia de nación”, pese a las interpretaciones de que no hubo tal cosa aquí sino hasta que se enfrentó un enemigo extranjero, léase Estados Unidos o Francia. Se pierde de vista que España y los españoles peninsulares o gachupines fueron considerados extranjeros en la primera etapa del movimiento; y en la consumación, el mismo Iturbide, con todo y su discurso por la unión, escribió “yugo extranjero” para referirse a la monarquía española.

Un enemigo extranjero que amenaza a cualquier nación es causa de unidad nacional, del surgimiento o fortalecimiento de la identidad nacional y, por consiguiente, del impulso de defender patria y soberanía.

Estos hechos históricos, fundacionales, son claves para entender procesos y situaciones que enfrentamos hoy en día. Proporciones guardadas, hay amenazas que se ciernen sobre México y se requiere unidad, cohesión, claridad, visión, fortaleza.

Los mexicanos en masa lo han hecho a lo largo de la historia, incluso en conflictos internos: la guerra de Reforma, que sí fue una guerra civil o la Revolución del siglo XX. La participación social nacida de una clara conciencia de nación no se puede desconocer, fue protagónica y ha sido y es clave hoy a 216 años del Grito de Dolores.

Así como no se regatea a Iturbide el papel que desempeñó en la consumación, mucho menos se puede regatear la movilización de las poblaciones durante 11 años en los que se sacrificaron y enfrentaron hambre, pobreza, diversas penurias; y que dieron la vida por la causa porque se luchaba no sólo por la independencia, sino por justicia e igualdad.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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